La tarde caía pesada y sofocante sobre la pequeña habitación donde la morrita colegiala, recién llegada de la escuela, se preparaba para la llegada de su primo. Su corazón latía con fuerza, mezcla de excitación y miedo a ser descubiertos en tan prohibido acto. Se quitó la falda ajustada del uniforme escolar, revelando unas piernas largas y firmes cubiertas por unas medias blancas que despertaban las más bajas pasiones de su primo.
El sudor perlaba su frente mientras esperaba nerviosa, imaginando la verga dura de su pariente palpitando por penetrar su concha húmeda y ansiosa. Finalmente, la puerta se abrió y su primo entró con una mirada lujuriosa en los ojos, sabiendo que la colegiala estaba lista para dejarse coger como una perra en celo.
‘¡Qué buen culo tienes, putita!’, gruñó el primo al verla en ropa interior, con las tetas apretadas en un brassiere blanco a punto de explotar. Sin decir una palabra más, la agarró con fuerza y la tiró sobre la cama, donde comenzó la danza lasciva de la carne y la lujuria desatada.
Los gemidos empezaron a llenar la habitación, mezclados con el sonido húmedo de la concha de la morrita siendo penetrada una y otra vez, mientras sus nalgas rebotaban contra el abdomen de su primo en un ritmo frenético de culeo sin pausa. La joven colegiala gritaba de placer, pidiendo más verga y más coger desenfrenado.
‘¿Te gusta cómo te culeo, eh? ¡Toma mi pija hasta el fondo, zorra!’, vociferaba el primo mientras embestía con furia el sexo estrecho de su parienta, sintiendo cómo su verga era exprimida por las paredes internas de la concha ardiente de la morrita.
El sudor empapaba sus cuerpos entrelazados, creando un aroma agrio y embriagador de sexo desenfrenado. La morrita, con los ojos vidriosos de deseo, se aferraba a las sábanas mientras su primo le daba una cogida salvaje, sin piedad ni contemplaciones.
Con cada embestida, la verga del primo se hundía más profundo en el cuerpo de la colegiala, haciéndola gritar de placer y dolor al mismo tiempo. Cada vez más cerca del orgasmo, la morrita pedía más, suplicando por una venida gloriosa que la dejara exhausta y satisfecha.
‘¡Mámamela, putita! Quiero llenarte la boca de semen caliente’, ordenó el primo, sacando su verga goteante de la concha empapada de la morrita y ofreciéndosela para que la mamara como una puta insaciable.
La colegiala obedeció sin dudar, tomando la pija tiesa en su boca y succionándola con ansias, sintiendo el sabor salado del deseo en cada embestida de su primo. La mamada era salvaje, desenfrenada, con la morrita devorando la verga con ansias de ser premiada con una venida copiosa que la bañara por completo.
Finalmente, el primo no pudo contener más el torrente de placer y se dejó ir, soltando chorros interminables de semen en la boca y el rostro de la colegiala, quien recibió cada gota con gratitud y lujuria desbordante.
La escena de sexo prohibido llegaba a su clímax, con la morrita cubierta de esperma y el primo jadeante de tanto coger sin descanso. Ambos se miraron con complicidad, sabiendo que aquel momento de lujuria desenfrenada quedaría grabado en sus mentes para siempre.




