viernes de fiesta y mi amiga se quedo dormida

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El viernes de fiesta estaba en pleno apogeo, con luces parpadeantes, música estridente y una atmósfera cargada de deseo y lujuria. Mis amigos bailaban enloquecidos alrededor de la sala, sudorosos y excitados por la noche que se avecinaba. En medio de la multitud, vi a mi amiga, una belleza de larga cabellera morena y curvas provocativas, bebiendo tragos sin parar, con una mirada traviesa que prometía diversión. Sin embargo, el exceso de alcohol le pasó factura y, de repente, se quedó profundamente dormida en un rincón oscuro.

Me acerqué sigilosamente a ella, notando cómo su vestido ceñido resaltaba sus redondeadas tetas y su culo firme. La imagen de su cuerpo semidesnudo despertó en mí deseos ocultos, impulsos salvajes que ansiaban poseerla en ese estado vulnerable. La tomé en mis brazos con cuidado, sintiendo el calor de su piel y el olor dulce de su perfume embriagador.

La llevé a mi habitación, donde la coloqué sobre la cama con suave delicadeza. Sus labios entreabiertos invitaban a ser besados, sus pechos se elevaban y descendían con cada respiración entrecortada. No pude resistir la tentación y comencé a acariciar su cuerpo dormido, deslizando mis manos por sus curvas, acercándome cada vez más a su entrepierna humedecida por la excitación. Ella gemía levemente, tal vez en sueños, pero eso me excitaba aún más.

‘¡Despierta, putita! ¡Es hora de divertirnos juntos!’, murmuré en su oído mientras le quitaba lentamente la ropa, revelando su piel suave y tersa. Sin esperar respuesta, comencé a lamer sus pezones erectos, mordisqueándolos con ansia, sintiendo cómo se endurecían aún más bajo mi lengua traviesa. Sus manos inmóviles aferraban las sábanas, mientras sus caderas se movían instintivamente en busca de contacto.

La excitación nos invadió por completo, y sin mediar palabra, me desnudé frente a ella, dejando al descubierto mi verga palpitante y ansiosa de penetrarla. La visión de mi erección la hizo jadear de placer, despertando en ella un deseo ardiente que se reflejaba en sus ojos entreabiertos y sus mejillas sonrojadas. Sin demora, me posicioné entre sus piernas, ansioso por cogerme a mi amiga dormida y entregada a mis deseos más oscuros.

‘¡Prepárate para recibir mi verga dura en tu concha mojada!’, exclamé con rudeza, sin darle opción a réplica. Lentamente, fui introduciendo mi pija en su interior húmedo y caliente, sintiendo cómo se estrechaba alrededor de mí en un abrazo apretado y lujurioso. Sus gemidos se mezclaban con mis gruñidos de placer, marcando el ritmo acelerado de la cogida salvaje que estábamos disfrutando.

El sudor perlaba nuestros cuerpos entrelazados, deslizándose por nuestras pieles en una danza erótica y resbaladiza. Cada embestida era más profunda y desenfrenada, cada gemido más agudo y necesitado. Mis manos recorrían su cuerpo con avidez, apretando sus nalgas con fuerza, sintiendo el vaivén de nuestros cuerpos unidos en una danza de lujuria y desenfreno.

‘¡Oh, sí, cógeme más duro, métemela toda en mi concha mojada!’, gritaba ella entre gemidos entrecortados, entregada por completo al placer que la embargaba. Mis embestidas se hicieron más intensas, más brutales, y pronto sentí cómo el orgasmo se acercaba inexorablemente, anunciando la venida más intensa y salvaje que habíamos experimentado juntos.

Con un grito gutural, dejé escapar mi semen ardiente en su interior, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía en un orgasmo compartido que nos fundió en un éxtasis sin igual. La metida y sacada de mi verga seguía su curso, prolongando el placer hasta límites insospechados, hasta que finalmente nos desplomamos exhaustos y saciados sobre la cama, envueltos en un mar de sudor y placer.

Así terminó aquella inolvidable noche de viernes, con mi amiga que se quedó dormida convertida en mi amante pasajera, en un encuentro furtivo y salvaje que ninguno de los dos olvidaría jamás.