la chavita se deja echar la leche en la cara aunque no le gusta

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El sol abrasador golpeaba con fuerza sobre aquel sucio rincón de la ciudad. La chavita, una joven de apenas 18 años, se encontraba sentada en la acera, con su larga cabellera negra y su cuerpo menudo, luciendo una minifalda ajustada y una blusa corta que apenas cubría sus pechos erguidos y firmes. Su mirada desafiante contrastaba con la timidez que se escondía en su interior, mientras esperaba a su «amigo» de turno.

En tanto, un tipo mayor que ella se acercaba a paso lento, con una sonrisa socarrona en el rostro. Se trataba de un hombre maduro, con una panza abultada y un cigarro colgando de su boca. Sus ojos codiciosos recorrían el cuerpo de la chavita, como un depredador acechando a su presa.

‘¿Lista para pasar un buen rato, nena?’, preguntó el hombre con voz ronca, mientras le ofrecía un billete arrugado. La chavita asintió con nerviosismo, tomando el dinero con manos temblorosas. Sabía a lo que venía, pero algo en su interior le hacía sentirse sucia y avergonzada.

Las calles estaban desiertas, tan solo se escuchaba el sonido de los coches que pasaban esporádicamente. La chavita y el hombre entraron a un edificio abandonado, con paredes descascaradas y un olor a humedad que inundaba el ambiente. No había nada romántico en aquel lugar, todo era deprimente y sucio.

Una vez dentro, el hombre empujó a la chavita contra la pared, sus manos ásperas recorrieron su cuerpo con brusquedad. La joven cerró los ojos, sintiendo un nudo en el estómago, pero dejándose llevar por la sensación de abandono y excitación que la invadía.

‘Vamos a divertirnos un poco, muñeca. Te voy a enseñar a disfrutar de la vida’, dijo el hombre con voz lujuriosa, mientras desabrochaba su bragueta y dejaba al descubierto una verga erecta y palpitante.

La chavita sabía lo que venía a continuación, pero era incapaz de detenerse. Se arrodilló frente al hombre, con una mezcla de excitación y asco revolviéndose en su interior. Tomó con sus manos temblorosas aquella pija dura y comenzó a lamerla con torpeza.

Cada lamida, cada succión, era un acto de sumisión y rendición. La chavita sentía el sabor salado de la verga en su boca, el aroma a sudor y deseo que impregnaba el aire. El hombre gemía de placer, disfrutando de la simpleza y crueldad de la situación.

‘¡Chúpala toda, putita! ¡Eso es, así me gusta!’, exclamó el hombre entre jadeos, agarrando con fuerza el cabello de la chavita y empujando su cabeza contra su entrepierna. La joven se atragantaba, sintiendo náuseas, pero sin atreverse a detenerse.

Después de un rato que parecía una eternidad, el hombre apartó bruscamente a la chavita y la hizo ponerse de pie. La joven se sentía mareada, desorientada, pero una extraña excitación recorría su piel.

‘Ahora es mi turno de disfrutar, zorrita. Vas a sentir como te culeo hasta el fondo’, gruñó el hombre, empujando a la chavita contra una mesa sucia y levantándole la falda de un tirón, dejando al descubierto su concha húmeda y deseosa.

La chavita cerró los ojos con fuerza, intentando alejarse mentalmente de aquella escena de degradación. Pero las manos del hombre experto en ese tipo de perversiones se adueñaron de ella, abriendo sus piernas con rudeza y penetrándola sin contemplaciones.

‘¡Ay, no, por favor!’, gemía la chavita, sintiendo como la verga del hombre la llenaba por completo, taladrando su interior con brutalidad. Las lágrimas brotaban de sus ojos, mezcladas con gemidos de dolor y placer.

El sexo se volvió un baile macabro de gemidos, golpes y obscenidades. La chavita se dejaba llevar por la vorágine de sensaciones encontradas, sintiendo como el orgasmo se acercaba amenazante, como una ola a punto de romper.

‘¡Me vengo, pendeja! ¡Te voy a llenar la cara de leche aunque no te guste!’, gritó el hombre, sacando su verga de la concha de la chavita y eyaculando a borbotones sobre su rostro asustado y derrotado.

El semen caliente y pegajoso manchó la cara de la chavita, cubriéndola por completo en una obscenidad viscosa y repugnante. La joven cerró los ojos con fuerza, sintiendo como el asco la invadía, pero sin poder negar la extraña excitación que aquella situación le provocaba.

El hombre se alejó de la chavita con una risa sádica, dejándola sola y humillada en aquel oscuro lugar. La joven se limpió el semen con la manga de su blusa, sintiendo un vacío en su interior y un arrepentimiento que la perseguiría por siempre.