El sol caía sobre el viejo departamento de dos habitaciones. La humedad se colaba por las ventanas mal selladas, formando pequeñas gotas en los vidrios sucios. Allí es donde Juani, un chico de 23 años, vivía con su hermano menor, Lucas, de 20 años. Habían vuelto de la universidad con los genitales hirviendo, después de una tarde intensa de clases que los dejó con la libido disparada.
Lucas, siempre el más atrevido de los dos, había llevado a casa a su compañera de clases, una chica de cabello largo y ojos azules llamada Camila. La excitación estaba en el aire desde el momento en que entraron por la puerta, cargados de deseo y ansias de placer. Juani, sin ser invitado, se quedó en su habitación escuchando los jadeos y murmullos que provenían del otro cuarto.
El sonido de las sábanas rozándose, las risas nerviosas y los gemidos ahogados comenzaron a inundar el apartamento. Juani no podía evitar sentir curiosidad, una extraña excitación lo invadía al imaginar a su hermano entregado a los brazos de Camila, sintiendo el calor de su piel y el fuego de su pasión.
Finalmente, la curiosidad lo venció y Juani decidió acercarse a la puerta entreabierta del cuarto de su hermano. Lo que vio lo dejó petrificado: Lucas y Camila estaban en medio de la cama, ella a cuatro patas con el trasero en pompa, él detrás de ella embistiendo con fuerza. La visión de su hermano cogiendo a la compañera de clases en esa posición obscena desató una oleada de calor en su entrepierna.
‘¡Sí, Lucas, dame más duro! ¡Coge mi culo como un animal salvaje!’, gritaba Camila, con la voz cargada de lujuria.
‘Te voy a coger tan rico que no podrás olvidarme nunca’, respondió Lucas, con los ojos entrecerrados y la respiración entrecortada.
El sudor resbalaba por las espaldas de los amantes, creando un brillo erótico en sus cuerpos desnudos. Juani era testigo de la escena más caliente que había presenciado en su vida, excitado por la crudeza de la situación, por el pecado que estaba presenciando.
‘¡Sí, sí, sí! ¡Estoy tan cerca! ¡Dame tu leche, Lucas!’, gemía Camila, aferrándose a las sábanas con fuerza.
Lucas embistió con más fuerza, sus manos agarrando las caderas de Camila con rabia animal. El sonido de la piel chocando contra piel, los gemidos desesperados y el olor a sexo inundaban la habitación, convirtiéndola en un santuario de lujuria y desenfreno.
Finalmente, con un gruñido gutural, Lucas se dejó caer sobre Camila mientras su verga palpitaba de placer. Un chorro de semen caliente se derramó en el interior de la chica, que gritó de éxtasis al sentirlo llenándola por completo.
La escena se desvaneció lentamente, mientras los cuerpos sudorosos se separaban con dificultad. Juani permanecía en la puerta, con la respiración agitada y los ojos vidriosos, sabiendo que nunca podría borrar de su mente la imagen de su hermano culeando a su compañera de clases en un arrebato de pasión desenfrenada.




