desvirgando a una morrita colegiala de prepa

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La tarde caía sobre la ciudad, dejando un cielo enrojecido que se mezclaba con el calor abrasador del verano. En una casa abandonada a las afueras, dos jóvenes se encontraban en una habitación llena de polvo y escombros, con una cama vieja y desvencijada como único mobiliario. La atmósfera era sofocante, cargada de deseo y lujuria, con el sonido de sus respiraciones entrecortadas llenando el espacio vacío.

Él era un chico mayor, de mirada intensa y manos ásperas, con la testosterona bullendo en sus venas. Ella, una morrita colegiala de prepa, apenas legal y temerosa, pero con una curiosidad ardiente que la impulsaba hacia lo desconocido. Se miraron fijamente, sabiendo lo que estaban a punto de hacer, sin palabras pero con una complicidad palpable en el aire.

El chico se acercó lentamente a la jovencita, sus ojos brillando con deseo mientras la rodeaba con sus brazos. Ella se estremeció ante el contacto de su piel, sintiendo una mezcla de miedo y excitación recorriéndola de pies a cabeza. Sin mediar palabra, la atrajo hacia sí y la besó con una intensidad arrolladora, devorando su boca con ansia.

‘¿Estás lista para sentir lo que es realmente bueno, morrita?’ murmuró el chico entre besos, sus manos ávidas explorando cada rincón de su cuerpo. ‘Voy a desvirgarte tan duro que nunca olvidarás esta cogida.’

La colegiala gemía suavemente, entregándose a las caricias y al deseo que la consumía por dentro. Sus manos temblorosas se deslizaron por el pecho del chico, ansiosas por sentir su calor, mientras él la despojaba lentamente de su uniforme escolar, revelando una piel tersa y pálida que lo volvía loco de deseo.

‘¡Sí! ¡Hazlo ya!’ suplicó la morrita entre jadeos, su voz apenas un susurro cargado de excitación. ‘¡Hazme tuya, métemela hasta el fondo!’

El chico no necesitó más estímulo. La tumbó en la antigua cama, separando sus piernas con firmeza y contemplando con lujuria el tesoro prohibido que se le ofrecía. Sin más preámbulos, la penetró con fuerza, sintiendo como su verga se abría paso en la estrecha concha de la colegiala, provocando gemidos de dolor y placer a partes iguales.

‘¡Ay! ¡Sí! ¡Sigue, no pares!’ gritaba la morrita, arqueando la espalda y aferrándose a las sábanas con fuerza mientras era tomada con violencia por aquel chico desconocido. ‘¡Qué rico coges, verga!’

El ritmo se volvió frenético, salvaje, con los cuerpos chocando rítmicamente en medio de la penumbra de la habitación. El sudor perlaba las frentes, el olor a sexo impregnaba el aire y los gemidos se fundían en un crescendo de deseo desenfrenado.

‘¡Voy a cogerte toda la noche, morrita!’ gruñó el chico, embistiendo con furia una y otra vez, sintiendo como el éxtasis se aproximaba a pasos agigantados. ‘¡Vas a sentir toda mi verga dentro de ti, hasta que ya no puedas más!’

La colegiala gozaba entre gemidos y susurros, entregándose por completo al placer arrollador que la envolvía. Cada embestida, cada roce, la llevaba más cerca del abismo del placer, haciéndola sentir viva como nunca antes.

Finalmente, el chico se dejó llevar por la vorágine de sensaciones, aumentando el ritmo de sus embestidas hasta el límite de la cordura. Con un rugido gutural, se dejó caer sobre ella, sintiendo como su cuerpo se estremecía en un espasmo de éxtasis incontenible, mientras el semen caliente se derramaba en el interior de la colegiala, marcándola como suya para siempre.

Los dos se dejaron caer exhaustos sobre la cama, envueltos en un profundo silencio que solo era interrumpido por sus respiraciones entrecortadas. Las miradas se encontraron en la penumbra, aún cargadas de deseo y complicidad, sabiendo que aquella noche solo era el comienzo de algo que los consumiría por completo.