Ahorita no estan tus papas ven vamos a coger le dice su tio a morrita colegiala

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La tarde estaba calurosa, el sol se colaba por las cortinas del modesto cuarto donde se encontraban solos. Ella, una jovencita colegiala, apenas 18 años, con su uniforme azul marino y blanco ligeramente arrugado, se encontraba nerviosa pero excitada por la situación. Su tío, un hombre mayor de aspecto rudo, la miraba con deseo mientras le decía con voz grave y lujuriosa: ‘Ahorita no están tus papás, ven, vamos a coger’.

La atmósfera del cuarto estaba cargada de un erotismo prohibido, la tensión sexual era palpable. La colegiala se mordió el labio inferior con ansias, sus ojos brillaban de deseo mientras seguía las órdenes de su tío. Sin decir una palabra, se acercó a él con pasos titubeantes, dejando que sus manos temblorosas acariciaran su entrepierna a través de los pantalones.

‘Sí, así, morrita, así me gusta. Eres una putita caliente, ¿verdad?’. Las palabras de su tío resonaban en su mente, avivando aún más su deseo reprimido. Sin decir nada, se arrodilló frente a él, con las mejillas encendidas y la mirada fija en su verga palpitante. La visión de aquella pija dura la hacía salivar de anticipación.

‘Sí, tío, soy tu putita caliente’, susurró la colegiala con voz entrecortada. Sin perder tiempo, comenzó a desabrochar el cinturón de su tío, liberando su verga ansiosa por ser cogida. La tomó entre sus manos suavemente, sintiendo el calor y la firmeza de aquel miembro que tanto deseaba.

El tío dejó escapar un gemido gutural al sentir las expertas manos de la colegiala acariciando su pija con destreza. ‘Eso es, putita, cómela toda’, ordenó con voz ronca y autoritaria. La joven obedeció sin dudar, llevando la verga de su tío a su boca con ansias voraces.

El sabor salado y la textura rugosa de aquella verga invadieron su boca, provocando un gemido de placer en el hombre. La colegiala mamaba con habilidad, alternando entre succiones profundas y delicadas lamidas que enloquecían a su tío.

‘¡Oh, puta sucia, qué bien chupas la pija! ¡Eres toda una zorra en celo!’, exclamó el tío entre jadeos entrecortados. La colegiala continuaba mamando sin descanso, embriagada por el sabor y el olor inconfundible de la lujuria desenfrenada.

Después de un rato, el tío apartó bruscamente a la colegiala de su verga, levantándola con fuerza y tirándola sobre la cama con violencia. La joven se quedó recostada boca arriba, temblando de excitación ante la brutalidad de su tío.

‘Ahora te voy a coger como la puta que eres’, gruñó el hombre mientras se desabrochaba los pantalones con urgencia. La colegiala temblaba de deseo, su concha empapada rogaba ser penetrada por aquella pija dura y salvaje.

El tío se abalanzó sobre ella, arrancándole la ropa con ansias de posesión. La colegiala gemía y se retorcía de placer, sintiendo el calor de la verga de su tío rozando su entrada prohibida. Con un solo empujón, la penetró con fuerza, llenándola por completo con su miembro palpitante.

‘¡Sí, sí, cógeme, tío, cógeme como la puta que soy!’, gritó la colegiala entre gemidos de placer desenfrenado. El tío embestía furiosamente, culeando la concha estrecha de la joven con una voracidad incontrolable.

El sonido de la carne chocando resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos y las obscenidades que ambos protagonistas se dedicaban sin pudor. La colegiala arqueaba la espalda, ofreciendo su cuerpo joven y deseoso a los embistes brutales de su tío.

‘¡Sí, así, así, sigue, no pares, no pares!’, suplicaba la colegiala entre jadeos entrecortados. El tío la cogía con una intensidad desmedida, disfrutando de la estrechez y la humedad de su concha ardiente.

El sudor perlaba sus cuerpos entrelazados, el calor del momento los envolvía en un frenesí de lujuria desatada. La colegiala se aferraba a las sábanas con fuerza, sintiendo cómo el placer la consumía desde lo más profundo de su ser.

Con un último embate demoledor, el tío se dejó ir, soltando un bramido gutural que resonó en toda la habitación. La colegiala lo siguió en un orgasmo devastador, sintiendo cómo las oleadas de placer la invadían por completo.

Ya exhaustos, se quedaron tendidos en la cama, envueltos en la calma después de la tormenta de pasión desenfrenada. Los jadeos se desvanecieron, dejando solo el eco de sus respiraciones entrecortadas.