La colegiala, Samantha, estaba desesperada. Por más que había intentado estudiar a lo largo del semestre, las matemáticas simplemente no eran lo suyo. El profesor de álgebra, el Sr. Rodríguez, era un hombre estricto y exigente, conocido por sus métodos poco convencionales para asegurarse de que los estudiantes aprendieran. Samantha sabía que su única oportunidad de aprobar la materia era quedarse después de clases y recibir alguna ayuda extra. Lo que no esperaba era que esa ayuda viniera con un precio tan alto.
La tarde caía lentamente sobre el aula vacía, iluminada solo por la luz tenue que se filtraba por las cortinas entreabiertas. El aire estaba cargado de tensión y anticipación. Samantha se mordía el labio nerviosamente, rogando que el profesor no fuera tan duro con ella. Cuando el Sr. Rodríguez entró en el aula, su mirada severa la hizo estremecer.
«Así que parece que alguien necesita un poco de atención extra, ¿no, Samantha?» dijo el profesor con una sonrisa maliciosa en los labios. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, haciéndola sentir desnuda bajo su escrutinio.
Samantha asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra. Sabía que estaba en una posición vulnerable, pero no tenía más opciones. Necesitaba pasar el examen final.
«Bien, si quieres mi ayuda, tendrás que seguir mis reglas», continuó el profesor, acercándose a ella lentamente. «Y una de mis reglas es que los favores no son gratuitos en esta clase. Tendrás que ganarte tu calificación.»
Las manos de Samantha temblaban ligeramente mientras el Sr. Rodríguez se acercaba más, su aliento cálido acariciando su cuello. Era consciente de lo inapropiado de la situación, pero una parte de ella sentía una extraña excitación por lo desconocido.
«¿Qué tipo de reglas?» preguntó en un susurro, apenas audible.
El profesor sonrió con malicia. «Vas a tener que dejarme cogerte si quieres aprobar, Samantha. No voy a tolerar excusas esta vez.»
La sangre de la joven se heló por un momento. ¿Estaba realmente sugiriendo lo que creía que estaba sugiriendo? Pero la urgencia de su situación la obligó a tragar su orgullo y aceptar. «Está bien, haré lo que sea necesario, profesor.»
Con un gesto imperioso, el Sr. Rodríguez la empujó suavemente contra el escritorio, haciendo que los papeles y los libros caigan al suelo con un sordo thud. Samantha se estremeció ante la sensación de sus manos ásperas deslizándose por su cuerpo, desabrochando lentamente los botones de su blusa escolar.
«Mírame a los ojos y repite después de mí: ‘Soy tu colegiala sumisa, Sr. Rodríguez'», ordenó el profesor mientras deslizaba sus manos por su sujetador y acariciaba sus pechos desnudos.
Samantha, con la mirada baja y la cara ardiendo de vergüenza, repitió las palabras en un susurro. Se sentía vulnerable y expuesta, pero una ola de excitación recorrió su cuerpo ante la sensación de ser dominada de esa manera.
El profesor levantó su mentón bruscamente. «¡Mírame cuando te hablo, colegiala traviesa! Ahora tendrás que hacer todo lo que te diga sin rechistar, ¿entendido?»
«Sí, Sr. Rodríguez», respondió Samantha, con la voz temblorosa.
«Bien, ahora, súbete la falda», ordenó el profesor con brusquedad.
Con manos temblorosas, Samantha obedeció, dejando al descubierto sus piernas temblorosas cubiertas por unas medias blancas. El Sr. Rodríguez la miró con lujuria, deslizando una mano por su muslo y acercándola a su virilidad endurecida. Su entrepierna emanaba un olor a sudor y deseo reprimido mientras la presionaba contra su hombría.
«¿Es esto lo que quieres, colegiala?» preguntó el profesor con voz ronca, frotando su erección contra ella.
«Sí, sí, por favor, ayúdame a aprobar», balbuceó Samantha, sintiendo un calor abrasador entre sus piernas.
El Sr. Rodríguez sonrió con malicia antes de empujarla bruscamente hacia abajo, haciendo que se arrodillara frente a él. «Entonces demuéstramelo, colegiala. Demuéstrame cuánto estás dispuesta a hacer por esa calificación.»
Con manos temblorosas, Samantha desabrochó los pantalones del profesor y liberó su verga erecta y palpitante. Sin previo aviso, el Sr. Rodríguez agarró su cabeza y la obligó a tomar su pene en su boca, comenzando un ritual de sumisión y deseo que les llevaría a nuevos límites de placer prohibido.




