sexo rico con una amiga del trabajo

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El día comenzó como cualquier otro en la oficina. Sandra y yo veníamos trabajando juntos desde hace meses, compartiendo la misma rutina monótona y aburrida. Pero algo había estado creciendo entre nosotros, una tensión sexual palpable que se sentía cada vez que nuestras miradas se cruzaban. No sabíamos muy bien cómo manejarlo, hasta que una tarde, después de un par de tragos en el bar cercano, terminamos besándonos como si no hubiera un mañana.

Esa chispa que se encendió entre nosotros esa noche seguía ardiendo con intensidad en el trabajo. Cada encuentro en la sala de reuniones o en el ascensor estaba cargado de deseo contenido, de miradas ardientes que prometían algo más. Y finalmente, una tarde en la oficina, cuando nos quedamos solos, decidimos que era hora de dejar salir toda esa tensión acumulada.

El ambiente en la oficina era tenso, las llamadas telefónicas se habían detenido, las luces titilaban débilmente sobre nuestros cuerpos ansiosos. Sandra se acercó lentamente, su perfume embriagador inundando mis sentidos. Me tomó del cuello y me besó con pasión, su lengua explorando cada rincón de mi boca. Nos despojamos de nuestras ropas con urgencia, dejando al descubierto la lujuria que nos consumía.

Sus pechos firmes se balanceaban tentadoramente frente a mí, sus pezones duros y erectos en busca de mi boca ávida. No pude resistirme y los tomé entre mis labios, chupando con avidez mientras sus piernas temblaban de placer. Sandra gemía sin contenerse, sus jadeos llenaban la habitación y excitaban mi verga que palpitaba de deseo por ella.

«¿Quieres mi verga, putita?», murmuré entre gemidos mientras la recostaba sobre el escritorio. Ella asintió con los ojos llenos de lujuria, su mano buscando mi entrepierna y encontrando mi dura erección. Sin decir una palabra más, la penetré con fuerza, sintiendo su calor envolverme por completo. Sandra arqueó la espalda, su cuerpo temblando de placer mientras gemía mi nombre en éxtasis.

El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en la oficina vacía, el sudor perlaba nuestra piel desnuda mientras nos entregábamos al frenesí del deseo. Cada embestida era más intensa que la anterior, cada gemido más alto y desinhibido. Sandra se aferraba al borde del escritorio, sus uñas arañando la madera en un intento desesperado de contener el placer abrumador que la invadía.

«¡Más fuerte, cógeme más fuerte!», gritó Sandra entre gemidos, su mirada suplicante reflejando el deseo desenfrenado que la consumía por completo. No pude resistirme a su pedido y aumenté el ritmo, embistiendo su concha con furia, sintiendo cada músculo tenso de su cuerpo responder a mis embestidas con una voracidad insaciable.

El orgasmo nos golpeó como un rayo, Sandra se retorció bajo mí, su cuerpo convulsionando de placer mientras su esencia se derramaba en un torrente lujurioso que mojaba mis muslos. Fue un éxtasis compartido, un instante eterno de deleite absoluto que nos dejó sin aliento y temblando en el éxtasis de la culminación.

Nos quedamos abrazados, jadeantes y sudorosos, disfrutando del silencio cómplice que se extendía entre nosotros. Sabíamos que lo que acabábamos de vivir no sería solo un momento fugaz, sino el comienzo de algo mucho más intenso y apasionado. Y con una sonrisa traviesa en los labios, nos preparamos para repetir esa experiencia una y otra vez, cediendo a la incontrolable atracción que nos unía en ese torbellino de sexo rico con una amiga del trabajo.