La morrita colegiala estaba nerviosa mientras esperaba en la pequeña habitación destartalada con las paredes descascaradas y la luz tenue parpadeando. La había citado en ese lugar un chico mayor, un conocido de la escuela que siempre la miraba con deseo en los pasillos. Ella, apenas una adolescente con uniforme escolar, se sentía excitada por la situación prohibida en la que se encontraba. Sabía a lo que había ido, pero su corazón latía con fuerza en su pecho.
‘Vas a disfrutar esto tanto como yo, morrita’, susurró el chico mientras cerraba la puerta con llave. La morrita tragó saliva, sintiendo un nudo en su garganta. Él se le acercó con paso lento y seguro, mirándola con lujuria. Sin mediar palabra, comenzó a desabrocharle el uniforme escolar, revelando una piel suave y tersa bajo la tela infantil. Sus pechos adolescentes se dejaron entrever, coronados por unos pezones rosados y erectos de excitación.
Con destreza, el chico la empujó hacia la cama raída y la recostó boca abajo, levantándole la falda del uniforme para dejar al descubierto su diminuta tanga blanca. Sin perder tiempo, bajó su ropa interior hasta los muslos y le separó las nalgas con rudeza, revelando su trasero desnudo y virginal.
‘¿No te han cogido nunca por el culo, morrita?’, preguntó el chico con una sonrisa maliciosa. Sin esperar respuesta, escupió en sus dedos y comenzó a frotar el ano de la morrita, preparándolo para lo que vendría a continuación.
Las sensaciones desconocidas invadieron el cuerpo de la colegiala, quien se retorcía de placer ante las caricias anales. El chico, excitado por la sumisión de la morrita, sacó su verga erecta y la colocó en la entrada de su estrecho ojete. Con un empujón brusco, empezó a penetrarla lentamente, sintiendo cómo su verga se abría paso en un territorio desconocido y apretado.
‘¡Ohhh, duele!’, gimió la morrita mientras lágrimas de dolor se deslizaban por sus mejillas. El chico, sin compasión, continuó embistiendo su culo con fuerza, disfrutando de la sensación de dominación sobre la joven colegiala. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la desolada habitación, mezclado con los gemidos y sollozos de la morrita.
Con cada embestida, la morrita sentía una mezcla de dolor y placer recorrer su cuerpo. Sus manos se aferraron a las sábanas sucias de la cama mientras era culeada sin piedad por el chico mayor. El sudor perlaba su frente y su espalda, creando un ambiente bochornoso y agobiante en la habitación.
‘¡Eres una puta caliente, morrita! ¡Te encanta tener la verga adentro!’, exclamó el chico, aumentando el ritmo de sus embestidas. La morrita, sometida y excitada, soltó un gemido de placer que se perdió en el aire viciado de la habitación. Su culo ardía de deseo y sus entrañas se llenaban con la verga rígida del chico.
Los jadeos se intensificaron, la respiración entrecortada anunciaba el inminente clímax. El chico, sintiendo el calor infernal de la morrita envolviendo su verga, aceleró el ritmo de sus embestidas, empujando con fuerza hasta lo más profundo del recto de la colegiala.
‘¡Estoy por veniiir!’, anunció el chico entre gruñidos de placer. Con un último empujón, se dejó ir en el interior de la morrita, llenando su culo con cada gota de semen caliente y viscoso. La morrita, sintiendo la venida del chico en su interior, alcanzó un orgasmo desgarrador que la hizo convulsionar de placer y dolor.
Así, en esa habitación desolada, la morrita colegiala experimentó por primera vez el sexo anal salvaje y desenfrenado, entregando su cuerpo a la lujuria y la pasión de un desconocido que la había poseído con violencia y deseo desenfrenado.







