se coge a su primita cuando los dejan solos

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Una cálida tarde de verano, los primos Ricardo y Julieta se encontraban solos en la casa de campo de la familia. Los padres de ambos habían salido de compras al pueblo más cercano, dejándolos a cargo de la propiedad. Ricardo, un joven de 21 años con un físico atlético y una mirada pícara, no podía dejar de mirar a su prima Julieta, una chica de 19 años con curvas pronunciadas y una belleza enigmática. Desde pequeños habían compartido juegos inocentes, pero ahora, en plena adolescencia, ambos sentían una atracción sexual imposible de ignorar.

La tensión sexual en el ambiente era palpable, y Julieta podía sentir la mirada lujuriosa de su primo sobre su cuerpo. A medida que la tarde avanzaba, las risas nerviosas y las miradas cómplices se volvían más intensas, creando un ambiente cargado de deseo y pasión reprimida. Finalmente, en un arrebato de deseo incontenible, Ricardo se acercó a Julieta y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia él con fuerza.

‘¡No podemos hacer esto, somos primos!’, exclamó Julieta con voz temblorosa, aunque su cuerpo ardía de deseo y su entrepierna latía con intensidad.

‘¿Y qué importa? Estamos solos, nadie tiene por qué enterarse. Déjate llevar por la pasión, prima’, respondió Ricardo con voz ronca, mientras acariciaba las curvas de Julieta con ansias desenfrenadas.

El deseo les consumía, y en un instante se fundieron en un beso apasionado, lleno de lujuria y pecado. Las manos de Ricardo exploraban el cuerpo de Julieta con avidez, acariciando sus senos firmes y su trasero redondeado. Julieta gemía de placer, entregándose a la pasión prohibida que había estado reprimiendo durante tanto tiempo.

Sin mediar palabra, Ricardo tomó a Julieta en brazos y la llevó hasta el sofá del salón principal. Con movimientos rápidos y precisos, comenzó a despojarla de su ropa, revelando su piel suave y tersa que ansiaba el contacto de su pene erecto y palpitante.

‘¡Oh, sí, Ricky, cógeme como siempre has querido!’, gemía Julieta, abriendo sus piernas de par en par para que su primo la poseyera con furia y desenfreno.

Ricardo no se hizo esperar y se abalanzó sobre Julieta con hambre y deseo. Sus labios recorrían su cuerpo con avidez, lamiendo sus pechos con pasión desenfrenada y mordiendo sus pezones erectos. Julieta se retorcía de placer, sintiendo cómo cada caricia y cada beso la llevaba más cerca de la locura y el éxtasis.

Finalmente, sin contenerse más, Ricardo se colocó sobre Julieta y la penetró con fuerza y determinación. Sus cuerpos se fundieron en un baile salvaje de pasión y lujuria, moviéndose al compás de sus gemidos y susurros lascivos. Julieta gritaba de placer, sintiendo cómo la verga de su primo la llenaba por completo, haciéndola estremecer de placer y deseo.

‘Cógeme, Ricky, cógeme hasta hacerme tuya por completo’, suplicaba Julieta entre gemidos y alaridos de placer, mientras su cuerpo se sacudía con cada embestida de su primo.

El sudor perlaba sus cuerpos entrelazados, creando un ambiente aún más lúbrico y lascivo. Los gemidos se mezclaban con el sonido de la madera crujiente del sofá, marcando el ritmo frenético y desenfrenado de su pasión prohibida.

Los jadeos se intensificaban, señalando que el clímax estaba cerca. Con movimientos rápidos y precisos, Ricardo aumentó el ritmo de sus embestidas, llevando a Julieta al borde del abismo del placer más absoluto. Y en un momento de éxtasis indescriptible, ambos alcanzaron el clímax juntos, dejándose llevar por una explosión de placer inimaginable y prohibido.

El sudor pegajoso cubría sus cuerpos saciados, mientras se miraban con complicidad y deseo en los ojos. Habían cruzado una línea que parecía infranqueable, pero en ese momento de éxtasis y lujuria desenfrenada, ninguna barrera importaba. Se pertenecían mutuamente en cuerpo y alma, con la certeza de que el deseo y la pasión entre primos los uniría para siempre en un lazo inquebrantable y eterno.