El sol caía a plomo sobre el campo, calentando la piel de mi comadre y la mía con la misma intensidad. Ambos estábamos sudorosos, cansados de trabajar la tierra pero con una lujuria desenfrenada que nos invadía desde hacía días. Nos miramos con deseos ocultos detrás de nuestras miradas, sabiendo que ese momento era inevitable: íbamos a tener sexo, y no sería uno convencional, sería salvaje, sucio y desenfrenado. Nos acercamos sigilosamente a un área apartada, entre las hierbas altas que nos podían ocultar de miradas curiosas, y sin decir palabra nos lanzamos uno sobre el otro.
Mi verga palpitaba de ansias dentro de mi pantalón, ansiosa de liberarse y penetrar el culo de mi comadre. Ella, con sus tetas sudadas y su respiración agitada, se arrojó sobre mí con desesperación, buscando satisfacer sus anhelos más profundos. Nos desvestimos con urgencia, arrancándonos la ropa con brusquedad, dejando al descubierto nuestros cuerpos hambrientos de deseo.
‘¡Vamos a coger como animales en celo!’, grité con voz ronca, haciendo que mi comadre gemiera de excitación mientras se arrodillaba ante mí. ‘Sí, mándame tu verga en mi culo, cógeme como nunca antes lo has hecho’, respondió con una mirada lujuriosa que me encendió aún más.
La tomé por la cintura y la incliné hacia adelante, exponiendo su culo a mi mirada hambrienta. Con un empujón firme, introduje mi verga en su interior, sintiendo cómo se abría camino entre sus nalgas y se adentraba en lo más profundo de su ser. Un gemido gutural escapó de sus labios, mezclado con el sonido de piel golpeando piel en una danza lasciva y desenfrenada.
‘¡Sí, así, métemela toda!’ exclamó mi comadre entre gemidos, su cuerpo temblando de placer bajo mis embestidas salvajes. Cada movimiento era una explosión de sensaciones, cada roce era un gemido ahogado de placer que se perdía en el aire caliente del campo.
El sol caía más y más sobre nosotros, iluminando nuestros cuerpos entrelazados en un vaivén frenético y descontrolado. Los olores a tierra húmeda y sudor se mezclaban con el aroma del sexo desenfrenado, creando una sinfonía de lujuria que nos embriagaba sin piedad.
‘¡Más rápido, más fuerte!’ exigía mi comadre, con los ojos cerrados y la expresión de pura lujuria en su rostro. Mis embestidas se volvieron más intensas, más profundas, culeando su culo con una voracidad desbordante que solo el deseo más primitivo podía provocar.
Los gemidos se volvieron gritos, las caricias se convirtieron en arañazos, y el placer se intensificaba con cada embestida. Mis manos agarraban sus caderas con fuerza, marcando mi territorio en su cuerpo entregado a la lujuria.
‘¡Voy a venirme, comadre! ¡Aguanta un poco más que te llenaré el culo de mi leche caliente!’, anuncié entre gruñidos de placer, sintiendo cómo mi orgasmo se acercaba con una intensidad abrumadora.
Mi comadre asintió con los ojos cerrados, entregada por completo al éxtasis que nos envolvía. Mis embestidas se volvieron frenéticas, desesperadas, y finalmente, con un gemido gutural, dejé que mi semen llenara su culo en espasmos de placer y liberación.
Colapsamos juntos sobre la tierra caliente, exhaustos pero rebosantes de satisfacción. Nos abrazamos con ternura y complicidad, sabiendo que ese momento quedaría marcado para siempre en nuestra memoria como el día en que reventé el culo de mi comadre en medio de las hierbas, en un acto de pasión desenfrenada y desenfrenada.







