provoca a su primo hasta que consigue que la coja

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La habitación estaba caliente y cargada de tensión sexual. El primo, Juan, no podía apartar la mirada de su prima, María, quien se paseaba por la habitación con una camiseta corta que apenas cubría su trasero y unos shorts ajustados que marcaban cada curva de su cuerpo. Desde que se habían reunido esa tarde en la casa de campo de la familia, algo en el aire parecía haber cambiado.

»¿Por qué me miras tanto, primo?» preguntó María con una sonrisa traviesa en los labios, consciente del efecto que provocaba en Juan.

»No, no es nada…» balbuceó él, desviando la mirada hacia cualquier otro lado para no caer en la tentación de seguirla con la vista.

María se acercó lentamente a él, dejando que el ambiente cargado de deseo permease la habitación. Sabía que su primo la deseaba, y eso la excitaba aún más. »¿Tienes miedo, primo? Pareces tan ansioso…» susurró, rozando su mejilla con la suya y sintiendo la respiración entrecortada de Juan sobre su piel.

Las manos temblorosas de Juan se posaron en las caderas de María, atrayéndola hacia sí con un gesto salvaje y animal. El deseo que los consumía a ambos era incontenible, como una llama ardiendo que amenazaba con consumirlos por completo.

»¿Crees que puedes provocarme y luego alejarte impunemente?» murmuró Juan, sus labios buscando los de su prima con una urgencia desesperada. María respondió con un beso ardiente y húmedo, encendiendo la chispa que había estado latente entre ellos desde hacía mucho tiempo.

Las manos de Juan exploraron el cuerpo de su prima con avidez, deslizándose bajo la tela fina de su camiseta y acariciando la suave piel que encontraba a su paso. María gimió de placer, enredando sus dedos en el cabello de Juan y arqueando la espalda para ofrecerse por completo a él.

»¿Qué estás esperando, primo?» jadeó María, sus ojos brillando con deseo y lujuria. »Cógeme como siempre has querido. Hazme tuya y no te contengas más…»

La ropa voló por la habitación en un frenesí de pasión desenfrenada. Juan y María se devoraban mutuamente, ansiosos por saciar el deseo que los había consumido durante tanto tiempo. Cada caricia, cada beso, era como una promesa de placer infinito que los impulsaba hacia el abismo del éxtasis.

»¡Sí! ¡Así es como te quiero, más fuerte, más profundo!» gritó María, sus uñas arañando la espalda de Juan mientras se entregaba sin reservas a la embestida salvaje de su primo.

El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos y susurros de placer que escapaban de los labios de ambos amantes. El sudor perlaba sus cuerpos entrelazados, creando un lazo pegajoso que los unía en su lujuria desenfrenada.

»¡Oh, sí! ¡Así, así, no pares!» exclamó Juan, embriagado por la pasión que lo consumía por completo. Sus movimientos se volvieron más frenéticos, más desesperados, mientras se acercaban al clímax que los esperaba al final del camino.

María arqueó la espalda y gritó en éxtasis, sintiendo cómo el placer la envolvía en una ola de sensaciones abrumadoras. Su cuerpo temblaba con cada embestida de Juan, llevándola hacia un abismo de deleite sin fin.

»¡Estoy… estoy…!» Juan apenas pudo articular palabra antes de dejarse llevar por la explosión de placer que lo invadió por completo. El éxtasis lo consumió, y un gemido gutural escapó de sus labios mientras se derramaba en el interior de María, marcándola como suya para siempre.

La habitación quedó sumida en un silencio pesado, roto únicamente por las respiraciones entrecortadas de Juan y María, quienes se aferraban el uno al otro como si temiesen separarse y desvanecer la magia que habían compartido ese día.