El sol se filtraba por las rendijas de la bodega del colegio, iluminando a la joven colegiala que esperaba ansiosa. Su uniforme ajustado resaltaba sus curvas, marcando su culo con cada paso. El prefecto, un hombre mayor y pervertido, la observaba con deseo, sintiendo cómo su verga se endurecía al imaginar lo que estaba por ocurrir.
«¡Ven aquí, putita!» gritó el prefecto, acercándose a la colegiala. Sin decir una palabra, la tomó por la cintura y la empujó contra una estantería repleta de libros, haciendo que cayeran al suelo con estrépito. La colegiala jadeaba, excitada ante la rudeza del hombre que la dominaba.
Con una mano áspera, el prefecto levantó la falda de la colegiala, dejando al descubierto su tanguita mojada. Sin mediar palabras, rasgó la tela y hundió su verga en la concha húmeda de la joven, quien gimió de placer y dolor al mismo tiempo.
Los gemidos resonaban en la bodega, mezclándose con el sonido de la carne chocando. El prefecto embestía con fuerza, sin compasión, sintiendo cómo la colegiala apretaba su culo alrededor de su verga. La joven se aferraba a las estanterías, arañando la madera mientras era cogida brutalmente.
«¡Así, así, métemela toda!» imploraba la colegiala, sintiendo cómo cada embestida la llevaba más cerca del éxtasis. El sudor perlaba sus cuerpos, mezclándose con el olor a sexo que impregnaba el aire de la bodega del colegio.
El prefecto, excitado por los gemidos de la colegiala, decidió llevar las cosas a otro nivel. Sacó su verga de la concha y sin previo aviso, la introdujo en el apretado culo de la joven, quien soltó un grito de dolor y placer indescriptible.
«¡Estás tan apretadita, colegiala sucia!» gruñó el prefecto, embistiéndola sin piedad. Cada vez que su verga entraba y salía del culo de la joven, un sonido obsceno llenaba la bodega, mezclándose con los jadeos y gemidos que resonaban por todos lados.
La colegiala, sometida y excitada, rogaba por más. Sus tetas se bamboleaban con cada embestida, sus pezones duros como rocas por la excitación. El prefecto la tomó del cabello y la obligó a mirarlo a los ojos mientras la penetraba sin compasión.
«¡Quiero que sientas mi leche en tu culo, putita!» dijo el prefecto con voz ronca, acercándose al límite de la venida. La colegiala, en un estado de éxtasis total, asintió con la cabeza, excitada por la promesa del semen que estaba por venir.
Los cuerpos sudorosos se movían en perfecta sincronía, el placer alcanzando cotas insospechadas. Con un rugido gutural, el prefecto se dejó llevar por la pasión y derramó su semen caliente en el culo apretado de la colegiala, quien gritó de placer al sentir cada chorro dentro de ella.
La bodega del colegio quedó impregnada de un olor a sexo intenso, los gemidos se desvanecieron lentamente mientras el prefecto y la colegiala recuperaban el aliento. Con una sonrisa satisfecha, el hombre mayor se alejó de la joven, dejándola recostada en el suelo, exhausta pero completamente satisfecha.




