La morrita colegiala era una pendeja que nunca decía no a una buena cogida. Con su uniforme ajustado y sus trenzas traviesas, provocaba a cualquier pendejo con la verga dura. Su culo firme y redondo llamaba la atención de todos los pervertidos del barrio. Un día, un cabrón con la pija bien parada se le acercó en la esquina, y sin mediar palabra, la agarró del brazo y la arrastró hasta un callejón oscuro.
‘¡Aquí nadie nos va a ver, putita! ¡Voy a cogerte tan fuerte que vas a gemir como una cerda en celo!’, le susurró al oído mientras le arrancaba la falda y le mordía el cuello.
La morrita, entre asustada y cachonda, se dejó llevar por el momento y se dejó manosear como una vulgar prostituta. El cabrón le levantó la blusa y le chupó las tetas con ansias, dejando marcas rojas de su voracidad sexual.
‘¡Métemela ya! ¡Quiero sentir tu verga adentro de mi concha mojada!’, suplicó la morrita, gimiendo de deseo y lujuria.
El cabrón no se hizo rogar y de un empujón la tiró al suelo, abriéndole las piernas de par en par. Sin compasión, le clavó la verga hasta el fondo, haciéndola gritar de dolor y placer al mismo tiempo.
Los gemidos de la morrita resonaban en el callejón desolado, mezclados con los sonidos húmedos de sus fluidos y la piel chocando. La violencia de la cogida era brutal, pero la morrita lo disfrutaba como una verdadera puta en celo.
‘¡Sí, sí, así me gusta! ¡Cógeme como la zorra que soy, dame tu pija hasta el fondo!’, gritaba la morrita, con los ojos en blanco y el cuerpo temblando de placer.
El cabrón seguía embistiéndola sin piedad, sintiendo cómo su verga se deslizaba dentro de esa concha estrecha y caliente. Los movimientos eran cada vez más frenéticos, más salvajes, más animales.
De repente, la morrita sintió cómo el cabrón se detenía en seco y gemía con fuerza. ‘¡Me vengo, putita, me vengo dentro de tu concha! ¡Toma toda mi leche, sucia!’, exclamó mientras se derramaba en un orgasmo explosivo.
La morrita, sintiendo el calor del semen llenando su interior, se estremeció de placer y alcanzó un orgasmo salvaje y desenfrenado. Los dos cuerpos sudorosos se fundieron en un éxtasis compartido, en medio del callejón sucio y oscuro.
Así terminó la cogida de la morrita colegiala, con el cabrón acabando dentro de ella y dejándola exhausta y satisfecha en el suelo. Una escena de sexo sucio y violento, pero que ninguno de los dos olvidaría fácilmente.




