En la casa de la familia Acevedo, ubicada en las afueras de la ciudad y rodeada por un tupido bosque, Patricia Acevedo llevaba años trabajando como empleada doméstica. Era una mujer de mediana edad, con curvas pronunciadas y una actitud desinhibida que despertaba la lujuria de los hombres que se cruzaban en su camino. Su uniforme de empleada doméstica consistía en un delantal ajustado que resaltaba sus generosas caderas y un escote provocativo que dejaba entrever sus pechos firmes.
En ese día especial de celebración de día de muertos, la casa estaba adornada con catrinas y calacas, creando un ambiente festivo pero también misterioso. La familia Acevedo decidió hacer una fiesta íntima para conmemorar a sus seres queridos fallecidos, y Patricia se encargaba de preparar todo para la ocasión. Mientras arreglaba la decoración, escuchó pasos detrás de ella y al darse la vuelta, se encontró con Don Rodrigo Acevedo, el patriarca de la familia, un hombre maduro y atractivo que siempre la miraba con deseo.
«Hola, Patricia. Hoy es un día muy especial para la familia, ¿verdad?» dijo Don Rodrigo con tono insinuante, acercándose a ella lentamente.
«Sí, Don Rodrigo. Estoy lista para ayudar en lo que necesite» respondió Patricia, sabiendo muy bien a qué se refería el señor de la casa.
Don Rodrigo tomó a Patricia por la cintura y la atrajo hacia él, sintiendo el calor de sus cuerpos en contacto. Sus manos empezaron a recorrer las curvas de la empleada, acariciando sus nalgas con deseo. Patricia cerró los ojos, entregándose al placer prohibido que siempre había deseado.
«Eres una empleada muy complaciente, Patricia. Pero esta noche, quiero que seas mi puta personal» susurró Don Rodrigo al oído de la mujer, haciéndola estremecer de excitación.
La lujuria se apoderó de ambos y en medio del salón decorado con calaveras y velas, comenzaron a besarse con pasión desenfrenada. Las manos de Don Rodrigo se deslizaron bajo el delantal de Patricia, acariciando su sexo húmedo y ansioso de placer. Ella gemía sin contenerse, sintiendo la verga dura de Don Rodrigo presionando contra su vientre.
Con un movimiento rápido, Don Rodrigo levantó la falda de Patricia y arrancó sus panties, dejando al descubierto su trasero voluptuoso y su concha mojada. Sin decir una palabra, la empujó contra la mesa del comedor y comenzó a devorarla con hambre, lamiendo su sexo con destreza y deseo. Patricia se retorcía de placer, agarrando con fuerza el mantel de la mesa mientras gemía enloquecida.
«Sí, Don Rodrigo, chúpame toda. Hazme tuya, soy tu puta» gritaba Patricia, entregada al frenesí de la lujuria desenfrenada.
Después de saborearla con avidez, Don Rodrigo se levantó y se desabrochó los pantalones, liberando su verga erecta y lista para penetrarla. Patricia se inclinó sobre la mesa, ofreciéndole su culo con ansias de ser poseída por el hombre que siempre la había deseado.
«Cogeme como la puta que soy, Don Rodrigo. Llénate de mi concha mojada y hazme gemir de placer» suplicó Patricia, deseosa de sentir la pija dura de su jefe dentro de ella.
Don Rodrigo no se hizo esperar y embistió con fuerza, penetrando a Patricia con fiereza y deseo. Los gemidos y gritos de placer resonaban en la casa, mezclándose con el olor a flores y velas encendidas del altar de muertos. Cada embestida era un grito de pasión desenfrenada, cada gemido era una súplica por más, por más sexo, por más placer.
El ritmo de la cogida era frenético, salvaje, como una danza prohibida en el día sagrado de los muertos. Patricia arqueaba la espalda, ofreciendo su culo y su concha al hombre que la poseía con furia, con deseo, con ansias de satisfacción absoluta. Las paredes de la casa retumbaban con el sonido de la verga de Don Rodrigo entrando y saliendo de la concha de Patricia, marcando un compás de placer incontrolable.
Finalmente, con un grito de éxtasis, Don Rodrigo se dejó llevar por el placer y se corrió dentro de Patricia, llenando su concha con su semen caliente y espeso. La mujer temblaba de placer, sintiendo las venidas del hombre en su interior, marcándola como su puta personal en ese día de muertos tan especial.
Después de recuperar el aliento, se separaron y se miraron con complicidad, sabiendo que aquella noche de lujuria desenfrenada quedaría marcada en sus memorias para siempre. Patricia volvió a sus labores como empleada doméstica con una sonrisa pícara en los labios, sabiendo que aún le quedaban muchas noches de placer con Don Rodrigo por delante.




