no hagas mucho ruido por que nos van escuchar mis papas…le dice a la morrita mientras la penetra

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‘No hagas mucho ruido, porque nos van a escuchar mis papás’, susurró Manuel a la morrita mientras la miraba con deseo. Estaban en la habitación de ella, una pequeña habitación sucia y desordenada en la que apenas cabía la cama. La atmósfera estaba cargada de tensión y excitación, ambos sabían que estaban haciendo algo prohibido y eso solo los excitaba más.

La morrita, una joven de dieciocho años con un cuerpo delgado y unas curvas de infarto, estaba nerviosa pero ansiosa por sentir el calor de Manuel dentro de ella. Sus padres no estaban en casa, y eso les daba la libertad de explorar sus deseos más íntimos sin restricciones.

Manuel se acercó a ella lentamente, con una mirada lujuriosa en sus ojos. La tomó entre sus brazos y comenzó a besarla apasionadamente, explorando cada rincón de su boca con su lengua hambrienta. La morrita respondió con la misma intensidad, dejando escapar gemidos suaves que excitaban aún más a Manuel.

Entre besos y caricias, Manuel se deshizo de su camisa y dejó al descubierto su torso musculoso. La morrita no pudo resistirse y empezó a acariciar sus pectorales con deseo, sintiendo cómo su entrepierna se calentaba cada vez más.

‘Quítate la ropa, quiero sentir tu piel contra la mía’, susurró Manuel mientras desabrochaba el sostén de la morrita. Sus pechos jóvenes y firmes quedaron al descubierto, invitándolo a saborearlos con ansias.

Manuel no se contuvo y comenzó a lamer y morder sus pezones, provocando gemidos de placer en la morrita. Sus manos traviesas se adentraron en la tanga de encaje de la joven, acariciando su sexo húmedo y caliente.

‘Oh, sí, sigue’, gemía la morrita, arqueando la espalda de puro placer. Manuel se deshizo de sus pantalones y la tanga de la morrita, dejándola completamente desnuda y expuesta ante él.

Se arrodilló frente a ella y comenzó a lamer su sexo con avidez, saboreando sus jugos y haciendo que se retorciera de placer. La morrita agarraba las sábanas con fuerza, sintiendo cómo un orgasmo se acercaba rápidamente.

‘¡Más, por favor, no pares!’, suplicaba la morrita, embriagada por las sensaciones que recorrían su cuerpo. Manuel la complació y aumentó la intensidad de sus caricias, llevándola al borde del abismo y haciéndola gritar de placer.

Una vez que la morrita alcanzó el clímax, Manuel se levantó y la miró con deseo. Su verga estaba dura como una roca, lista para penetrarla y llevarla al éxtasis.

‘¿Estás lista para que te coga como nunca antes lo han hecho?’, preguntó Manuel con voz ronca, sujetando su verga con firmeza. La morrita asintió con ansias, deseando sentirlo dentro de ella y perderse en el placer que solo él podía darle.

Manuel la guió hacia la cama y la tumbó boca arriba, separando sus piernas con decisión. Se posicionó entre ellas y la penetró lentamente, disfrutando de cada centímetro de su interior cálido y apretado.

La morrita gemía sin control, sintiendo cómo Manuel la llenaba por completo y la llevaba al paraíso del placer. Sus cuerpos se movían al compás de la lujuria, buscando la máxima conexión y satisfacción.

‘¡Sí, dame más, no pares!’ -gritaba la morrita, arañando la espalda de Manuel y apretando sus pechos con fuerza. Manuel aceleró el ritmo de sus embestidas, culeando con fuerza y determinación.

El ambiente se llenó de gemidos y susurros obscenos, mezclados con el sonido de la cama golpeando contra la pared. La morrita se aferraba a Manuel, sintiendo cómo el placer la consumía por completo y la llevaba al borde del abismo una vez más.

Finalmente, Manuel no pudo contenerse más y se dejó llevar por el éxtasis, derramando su venida dentro de la morrita y haciéndola gemir de placer una vez más.

Se quedaron abrazados, sudorosos y agotados, disfrutando de la complicidad y la pasión que los unía en ese momento único y especial. Sabían que lo que tenían era prohibido, pero eso solo hacía que su deseo fuera aún más intenso y adictivo.