morrita colegiala ya no agaunta las ganas de coger

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La morrita colegiala estaba caliente como nunca antes. Desde que empezó a sentir las primeras pulsiones sexuales en su joven cuerpo, no podía dejar de pensar en cómo sería coger con alguien. Llegó el momento en que ya no aguantaba más las ganas de sentir una verga dentro de ella. Así que decidió invitar a su vecino, un chico mayor y experimentado, a su casa mientras sus padres estaban trabajando. La habitación se llenó de tensión y deseo desde el momento en que él cruzó la puerta.

El ambiente estaba cargado de erotismo y ansias por parte de ambos. La morrita, con su uniforme de colegio maltratado, dejaba ver sus pechos juveniles a través de la blusa ajustada. Su falda corta subía revelando la carnosa curva de sus nalgas cada vez que se movía. El vecino, con una mirada lujuriosa, no podía creer su suerte al tener a esa colegiala sedienta de sexo frente a él.

«¿Estás lista para coger como nunca antes, putita?», dijo el vecino con voz ronca mientras acariciaba el muslo de la morrita. Ella asintió con la respiración entrecortada, sintiendo un cosquilleo en su entrepierna que la volvía loca de deseo.

Comenzaron a besarse con ferocidad, devorándose mutuamente como si no hubiera un mañana. Las manos del vecino recorrían el cuerpo de la morrita con ansias, apretando sus senos con fuerza y deslizándose por su vientre hasta llegar a la entrepierna humedecida.

La morrita gemía de placer, sintiendo cómo la verga del vecino se endurecía contra su cuerpo. Sin esperar más, se arrodilló frente a él y desabrochó su pantalón, liberando la pija ansiosa de ser succionada.

«Chupa mi verga como la putita que eres, colegiala caliente», ordenó el vecino entre gemidos de placer. La morrita obedeció sin dudar, tomando la verga en su boca y saboreando el sabor del deseo prohibido.

El vecino agarraba el cabello de la morrita con fuerza, guiando sus movimientos y aumentando el ritmo de las mamadas. La morrita se esforzaba por complacerlo, sintiendo el placer recorrer su cuerpo con cada succión y cada gemido del vecino.

Después de un rato de mamadas intensas, el vecino levantó a la morrita y la empujó contra la cama, levantándole la falda y dejando al descubierto su tanga empapada. Sin titubear, él se quitó los pantalones y se posicionó detrás de ella, listo para penetrarla.

«¿Estás lista para que te dé una cogida que nunca olvidarás, morrita cachonda?», susurró el vecino al oído de la colegiala, quien asintió con los ojos nublados por el deseo.

Con un movimiento brusco, el vecino penetró la concha apretada de la morrita, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo. Cada embestida era más intensa que la anterior, haciéndola sentir un éxtasis indescriptible con cada culeada salvaje.

Los cuerpos sudorosos se fundían en un baile de pasión desenfrenada, con la morrita arqueando la espalda y pidiendo más verga a gritos. El vecino, sintiendo cómo el éxtasis se acercaba, decidió darle a la morrita algo que nunca olvidaría.

«¡Voy a cogerte el culo, colegiala sucia!,» anunció el vecino mientras sacaba su verga de la concha caliente de la morrita y la presionaba contra su entrada trasera.

La morrita gritó de placer y dolor al sentir la pija del vecino abrirse paso en su estrecho ano, llenándola por completo y haciéndola sentir una sensación única y excitante. Cada embestida era más intensa, más profunda, más salvaje.

Finalmente, el vecino no pudo contenerse más y se dejó llevar por el éxtasis, eyaculando con fuerza dentro del culo de la morrita y haciéndola gemir de placer al sentir el calor de su semen llenándola por completo.

Así, entre gemidos y suspiros, la morrita colegiala y su vecino experimentaron el placer más intenso que habían sentido en sus jóvenes vidas, prometiéndose volver a encontrarse para repetir una y otra vez esa experiencia inolvidable.