morrita colegiala putita se encuera completita para sus compañeros del salon

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La morrita colegiala putita estaba más caliente que nunca. Sus hormonas adolescentes la empujaban a buscar excitación en cada esquina del colegio. Desde que despertó esa mañana, su mente solo estaba concentrada en una cosa: encuerarse completita para sus compañeros del salón. No importaba si era una fantasía prohibida o si le costaba la reputación, ella solo quería sentirse deseada y poseída.

La jovencita de apenas 18 años se deslizó por los pasillos del colegio, sintiendo el roce de su falda corta y apretada contra sus muslos. Cada paso era un tormento, haciéndola jadear de anticipación. Al llegar al salón, se aseguró de que todos estuvieran ocupados con sus tareas. Sin pensarlo dos veces, comenzó a desabotonar su camisa blanca, revelando un sujetador rosa que apenas contenía sus generosos pechos.

Sus compañeros alzaron la vista al escuchar el ruido de los botones cayendo al suelo. Sus ojos se abrieron como platos al ver a la morrita colegiala en plena acción. Ella les lanzó una mirada desafiante, deslizando sus manos por sus caderas y deslizando lentamente la falda por sus piernas fibradas. Pronto, quedó frente a ellos en ropa interior, su mirada lujuriosa desafiando cualquier límite moral.

‘¿Qué creen que están haciendo, chicos?’ murmuró con una sonrisa pícara. ‘¿No les gusta lo que ven? ¿No quieren cogerse a esta putita colegiala sin control?’

Los compañeros se miraron entre sí, incapaces de creer lo que estaban presenciando. Uno de ellos se acercó lentamente, con la respiración agitada y una erección descomunal asomando por su pantalón. Sin decir una palabra, agarró a la morrita por la cintura y la atrajo hacia sí, sintiendo el calor de su piel través de la tela.

‘Ven aquí, zorrita caliente. Te voy a enseñar quién manda aquí’, gruñó el chico mientras hundía su rostro entre los pechos firmes de la colegiala. Su lengua jugueteaba con el rosa del sujetador, provocando gemidos ahogados en la morrita. Ella arqueó la espalda, entregándose al placer prohibido que tanto deseaba.

Mientras tanto, los demás chicos no pudieron contenerse más. Se acercaron en masa, rodeando a la morrita como lobos hambrientos. Manos ávidas devoraron su cuerpo, arrancando las prendas restantes con violencia. La colegiala jadeaba, sintiendo cómo la excitación la envolvía por completo.

‘No paren, no paren’, suplicó entre gemidos la morrita, mientras una mano se deslizaba por su entrepierna húmeda. ‘Cogerme, cogerme duro. Quiero sentir sus vergas palpitando dentro de mí.’

Los chicos no necesitaron más invitación. La rodearon, azotándola contra la mesa del salón. La morrita se arqueó, ofreciendo su culo redondo y perfecto a quien quisiera poseerlo. Un chico se acercó por detrás, deslizando su verga dura entre los pliegues de la concha mojada de la colegiala. Con un gemido ronco, comenzó a embestirla, hundiéndose profundamente en su interior.

Los gemidos y gritos de la morrita resonaban en el salón, mezclándose con el sonido de las mesas golpeando contra la pared. Mientras tanto, los demás chicos se turnaban para recibir mamadas y ser montados por la putita colegiala.

‘¡Sí, sí, así! ¡Cógeme fuerte, no pares!’, gritaba la morrita entre jadeos incontrolables. Su cuerpo temblaba de placer desenfrenado, sus pechos saltando al compás de las embestidas brutales.

El salón se llenó de la fragancia a sexo y sudor, mientras la morrita era llevada al límite de su resistencia. Cada embestida, cada succión, cada roce alimentaba el fuego que ardiendo dentro de ella. Los chicos se volvían más salvajes, más primitivos, más desesperados por poseer a la colegiala en cada rincón de la habitación.

Finalmente, la morrita no pudo contenerse más. Con un grito desgarrador, su cuerpo se arqueó en un espasmo de placer. Su concha apretó con fuerza la verga que la penetraba, exprimiéndola hasta la última gota de venida. Los chicos la siguieron en un éxtasis compartido, llenando el salón con el sonido de sus propias venidas.

La morrita colegiala putita se quedó jadeante en el suelo, rodeada de sus compañeros exhaustos pero satisfechos. El ambiente estaba impregnado de deseo cumplido y pasión desenfrenada. Sabía que no era la última vez que se encueraría completita para sus compañeros del salón. Había encontrado en el colegio su propio paraíso de lujuria y depravación.