Mi prima quiere que me la coja pero estan mis tios en casa

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La temperatura en la casa subía a medida que el deseo se apoderaba de la habitación. Mi prima, una zorra insaciable, me miraba con ojos llenos de lujuria mientras mis tíos, ajeno al pecado que estábamos a punto de cometer, charlaban en la sala sin imaginar lo que ocurriría a sus espaldas.

Sus labios carnosos invitaban a la perversión, mi verga se endurecía solo de pensar en cogerme a esa diabla familiar. Sus tetas firmes me llamaban con fuerza, suplicando ser manoseadas y mamadas sin piedad.

Entre susurros, ella me confesó: ‘¡Coge mi culo, primo, culea mi agujero sin compasión!’. Mis manos ansiosas recorrieron su cuerpo, sudoroso, excitado, ansioso por el placer prohibido que nos aguardaba.

La promiscuidad se hacía presente, nuestros cuerpos ardían en deseo, cada prenda que caía al suelo era un paso más hacia el pecado. Sus gemidos deleitaban mis oídos, la vista de su concha mojada me enloquecía, estaba listo para darle una cogida que jamás olvidaría.

‘¡Sí, así, más adentro!’, imploró ella entre gritos de placer mientras mi pija encontraba su lugar en su interior. La cogida era salvaje, sin clemencia, solo sexo desenfrenado entre parientes que ignoraban los tabúes de la moralidad.

El sudor se mezclaba con nuestras pieles, los gemidos se fundían en un coro de lujuria desenfrenada. Ella cabalgaba sobre mí, sus movimientos eran voluptuosos, sensuales, invitándome a un viaje de placer sin retorno.

Los minutos se volvían eternos, el éxtasis se acercaba a cada embestida, sus gritos de placer llenaban la habitación. Estábamos solos en nuestro mundo de depravación, ajeno a la realidad que golpeaba la puerta.

El sexo anal era inevitable, ella lo ansiaba, lo necesitaba. Mis embestidas se volvían más intensas, más profundas, mi verga explorando cada rincón de su culo con ansias de posesión.

‘¡Más fuerte, más duro!’, clamaba ella en un arranque de deseo desenfrenado. El placer nos consumía, nos devoraba, éramos dos amantes perdidos en el abismo de la lujuria.

La venida se acercaba, sentía el calor en mis entrañas, la explosión de placer a punto de estallar. Mis movimientos se volvieron frenéticos, descontrolados, el orgasmo estaba al borde de la razón.

Un gemido compartido selló nuestro pacto de lujuria, la venida fue intensa, liberadora, un torrente de placer que nos sumergió en un mar de éxtasis. Los fluidos se mezclaron, el sudor y el semen se convirtieron en testigos de nuestro pecado carnal.

Al recuperar el aliento, nos dimos cuenta de que la puerta se abría lentamente, mis tíos iban a descubrir el pecado en el que nos habíamos sumergido. Sin embargo, la sonrisa cómplice de mi prima me dio a entender que aquel era solo el comienzo de nuestras travesuras prohibidas.

El miedo se mezclaba con la excitación, la adrenalina de lo prohibido nos impulsaba a continuar. Sabíamos que tarde o temprano tendríamos que enfrentar las consecuencias, pero por ahora solo queríamos seguir culeando como animales en celo, enredados en las redes del placer más sucio y perverso.