mejor ya metemela no me gusta chuparla

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El sol caía implacable sobre el sucio callejón donde se encontraban, iluminando la escena de lujuria que estaba a punto de desatarse. Sara, una joven pelirroja de 20 años con una figura voluptuosa, estaba de rodillas frente a Juan, un hombre mayor de aspecto rudo y mirada lasciva. Ambos se habían conocido esa misma tarde en un bar de mala muerte, y la tensión sexual entre ellos era palpable desde el primer momento.

El calor sofocante hacía que la ropa pegajosa de Sara se adhiriera a su piel bronceada, realzando sus curvas y despertando el deseo animal de Juan. Con una mirada llena de deseo, Juan agarró a Sara del cabello y la obligó a mirarlo a los ojos.

‘¿Te gusta la verga, eh? ¿Quieres que te coja bien duro?’, gruñó Juan con voz ronca mientras Sara jadeaba de excitación. Sin decir una palabra, Sara se quitó la camiseta ajustada, revelando un par de tetas firmes y tentadoras que invitaban a ser tocadas y chupadas.

‘Mejor ya métela, no me gusta chuparla’, dijo Sara con voz entrecortada, mientras se desabrochaba los pantalones y se inclinaba hacia delante, ofreciendo su culo redondo y apetitoso a Juan.

Con una sonrisa de satisfacción, Juan le bajó las bragas a Sara y la penetró con fuerza, haciendo que ella soltara un gemido de placer. La dureza de su verga entrando y saliendo en su concha húmeda era como una sinfonía de gemidos y suspiros en aquella tarde calurosa.

‘¡Sí, así, cógeme más fuerte!’, exclamó Sara, mientras Juan la embestía una y otra vez con un ritmo frenético. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el callejón desolado, mezclándose con los jadeos y gemidos de placer que escapaban de los labios de ambos amantes.

El sudor perlaba las frentes de ambos, mezclándose con el maquillaje corrido de Sara y la barba descuidada de Juan. El olor a sexo y deseo impregnaba el aire, envolviéndolos en una nube de lujuria y pasión desenfrenada.

‘¡Dime que eres mi puta, dime que te encanta que te coja así!’, gruñó Juan, aumentando la intensidad de sus embestidas mientras agarraba con fuerza las caderas de Sara.

‘¡Sí, soy tu puta, tu zorra caliente que necesita tu verga todo el tiempo!’, gimió Sara, sintiendo cómo el orgasmo comenzaba a construirse en lo más profundo de su ser.

El sexo salvaje continuó durante minutos interminables, con Juan y Sara perdiéndose en un torbellino de pasión y deseo. Cada embestida era como un latigazo de placer que los arrastraba hacia el éxtasis más absoluto.

‘¡Oh, sí, casi, casi!’, gritó Juan, sintiendo cómo la venida se acercaba con rapidez. Con un gruñido gutural, se dejó llevar por la explosión de placer, llenando el interior de Sara con su semen caliente y espeso.

‘¡Sí, sí, dame tu leche, lléname entera!’, exclamó Sara, sintiendo cómo los espasmos de su propio orgasmo la sacudían con fuerza.

El éxtasis los envolvió, haciéndolos perder la noción del tiempo y del espacio, quedando suspendidos en un momento de placer puro y primitivo. Exhaustos y satisfechos, se separaron lentamente, sabiendo que aquel encuentro había sido solo el principio de una larga noche de pasión desenfrenada.