me meti al cuarto de mi prima y le dije que la chupara y ella acepto

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La tensión sexual entre mi prima y yo se había estado gestando desde hace mucho tiempo. Las miradas lascivas, los roces involuntarios, el deseo prohibido que se palpaba en el aire cada vez que estábamos juntos. Aquella noche, una calurosa noche de verano, todo estalló en un torrente de pasión desenfrenada.

Después de una larga cena familiar, nos quedamos solos en la sala viendo una película. El ambiente estaba cargado de electricidad, podía sentir el calor irradiando de su cuerpo, su piel suave rozando la mía cada vez que se movía. Sabía que no podía resistirme más, necesitaba tenerla entre mis brazos, sentir su piel contra la mía, probar el sabor de sus labios.

Con manos temblorosas, le susurré al oído, «¿Te gustaría ir a mi habitación?». Una sonrisa traviesa cruzó su rostro y asintió con complicidad. Nos dirigimos en silencio hacia mi habitación, el corazón latiéndonos a mil por hora, anticipando lo que estaba por venir.

Una vez dentro, nos miramos fijamente, sin decir una palabra. El deseo era tan palpable que casi podía cortarse con un cuchillo. Sin mediar palabra, me acerqué a ella y la tomé entre mis brazos, nuestras bocas se encontraron en un beso ardiente y apasionado. Mis manos recorrían su cuerpo con avidez, deslizándose por su espalda, acariciando cada centímetro de piel al descubierto.

«¿Te gustaría que te chupe?» le dije en un susurro, apenas audible sobre el rugido de mi propio corazón. Su respuesta fue un gemido ahogado que me confirmó lo que ya sabía. Me arrodillé frente a ella, desabrochando lentamente su pantalón, dejando al descubierto su ropa interior húmeda con la excitación.

Con una mezcla de deseo y ansiedad, me lancé hacia su entrepierna, inhale su aroma embriagador. Abrí las piernas, dejando espacio para explorar a mi antojo, mis dedos acariciaron sus muslos desnudos antes de llegar a ese lugar húmedo y cálido que ansiaba ser explorado.

Mi prima dejó escapar un gemido suave cuando mi lengua se deslizó por su clítoris, lamiendo y succionando con avidez. Su cuerpo se arqueaba de placer, sus manos se aferraban a las sábanas con fuerza. Me perdí en el sabor de su intimidad, embriagándome de ese néctar delicioso que brotaba de su fuente de placer.

«Oh, sí, sí,» gemía, entre susurros incoherentes de placer. Mis manos la sostenían firmemente, sin dejar de explorar cada rincón de su ser. Su cuerpo temblaba de deseo, mientras mis labios seguían su danza lasciva, en un vaivén que parecía no tener fin.

Después de un rato que me pareció una eternidad, mi prima se retorcía de placer, su respiración entrecortada indicaba que estaba cerca del éxtasis. Sin dejar de acariciar suavemente su monte de Venus, me incorporé lentamente, encontrando sus labios en un beso salvaje y apasionado.

«¿Quieres que te coja?» murmure entre susurros, mis manos acariciando su cabello suavemente. Ella asintió, con los ojos brillantes de deseo y ansiedad. Nos miramos fijamente, conectando en un nivel más allá de lo físico, una complicidad que solo los amantes perfectos pueden entender.

Me despojé de toda mi ropa con rapidez, dejando al descubierto mi verga palpitante, lista para penetrarla con fuerza y pasión. Me coloqué entre sus piernas, alineando mi miembro con su entrada, deslizándome lentamente hacia dentro, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome por completo.

Los gemidos se intensificaron, el sonido de dos cuerpos unidos en un acto de deseo y lujuria llenaba la habitación. Mis embestidas eran salvajes y profundas, cada vez más rápidas y salvajes, buscando el punto de éxtasis que nos llevaría al límite y más allá.

«¡Sí, así, más fuerte!» gritaba mi prima, sus uñas arañando mi espalda con fuerza. Cada embestida era como un choque de electricidad, un estallido de placer que nos consumía por completo. El sudor empapaba nuestros cuerpos, el calor de la pasión envolvía la habitación en una nube de deseo incontrolable.

Y así, en un frenesí de sexo desenfrenado, alcanzamos juntos el clímax, con un grito ahogado de placer que llenaba la habitación. Nos desplomamos exhaustos, con los cuerpos sudorosos y entrelazados, fundidos en un abrazo íntimo y lleno de amor prohibido.

El resto de la noche fue un torbellino de pasión desenfrenada, un vaivén de cuerpos unidos en un acto de deseo incontrolable. Nos perdimos en un mar de sensaciones, explorando cada rincón de nuestros seres con una intensidad que solo los amantes más apasionados pueden entender.