me duele…la tienes muy dura, le dice la morrita

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En un pequeño cuarto de motel, con las paredes descascaradas y la luz tenue parpadeando, se encontraban dos amantes en plena pasión. Él, un hombre maduro con una barba descuidada y cuerpo fornido, y ella, una morrita de veinte años con el cabello negro azabache y una mirada traviesa en sus ojos oscuros. La habitación estaba impregnada de un olor a sudor y deseo, mientras ambos se devoraban con la mirada, deseosos de entregarse al placer carnal.

La joven morrita llevaba puesta una minifalda ajustada que apenas cubría su trasero tentador, y una blusa escotada que dejaba entrever sus firmes pechos. Él la observaba con deseo, sintiendo cómo su entrepierna se endurecía a medida que se acercaba a ella con paso decidido.

‘Me duele… la tienes muy dura’, le susurró la morrita con voz entrecortada, dejando en claro sus deseos y su excitación desbordante. Él la tomó con fuerza de la cintura, acercando su cuerpo al de ella y sintiendo el calor que desprendía su piel.

‘Te gusta, ¿verdad? Te gusta sentirme dentro de ti’, respondió él con voz ronca, mientras desabrochaba la blusa de la morrita y dejaba al descubierto sus pechos turgentes. Sin perder tiempo, se inclinó hacia adelante y tomó uno de sus pezones en su boca, succionándolo con ansia y provocando gemidos de placer en la joven mujer.

Con movimientos rápidos, la morrita se despojó de su minifalda, quedando completamente desnuda frente a su amante. Él la observaba con lujuria, admirando cada curva de su cuerpo, cada centímetro de piel bronceada y suave.

‘¿Quieres sentirla más adentro? ¿Quieres que te coja como la puta que eres?’ preguntó él con voz dominante, tomando el control de la situación y empujando a la morrita hacia la cama.

La joven asintió con ansias, abriendo sus piernas de par en par y ofreciendo su entrepierna húmeda y ardiente a su amante. Él no se hizo rogar y se posicionó entre sus piernas, introduciendo su verga dura en su concha mojada y cálida con ansia y desenfreno.

‘Ahí está, así es como se coge a una putita como tú’, gruñó él mientras embestía con fuerza y ritmo, sintiendo el placer recorrer cada fibra de su cuerpo. La morrita gemía y se retorcía de placer, aferrándose a las sábanas de la cama y dejando escapar gemidos de puro éxtasis.

Los cuerpos chocaban con violencia, la piel se enrojecía por el roce constante y el sudor se mezclaba en una danza sensual y primitiva. La morrita sintió cómo el orgasmo la embestía con furia, haciéndola temblar y gemir con desenfreno.

‘¡Cógeme más fuerte! ¡Hasta que ya no pueda más!’, gritó la morrita entre gemidos, revolviéndose de placer bajo el cuerpo fornido de su amante. Él aumentó el ritmo, embistiendo con más fuerza y determinación, sintiendo cómo el clímax se acercaba a pasos agigantados.

Finalmente, con un gemido gutural, el hombre dejó escapar su venida, llenando la concha de la morrita con su semen caliente y espeso. Ambos quedaron jadeantes y sudorosos, abrazados en la cama, sintiendo todavía la electricidad del momento recorrer sus cuerpos cansados y satisfechos.

En un silencio cómplice, se miraron a los ojos y sonrieron, sabiendo que ese momento intenso y apasionado quedaría por siempre grabado en sus memorias y en sus cuerpos entrelazados.