Llegó el verano, el calor sofocante se sentía en cada poro de la piel, haciendo que la ropa pegajosa se adhiriera al cuerpo sudoroso de la flaca. Con sus tetas diminutas apenas cubiertas por un diminuto bikini, la joven se sumergió en la alberca, buscando un respiro en medio del bochorno.
Él, un tipo rudo y musculoso, la miraba con deseo desde el borde de la piscina, con la verga erecta bajo su traje de baño. No pudo resistir la tentación y se acercó sigilosamente hacia ella. Sin mediar palabra, le metió bruscamente el dedo en el culo, haciéndola gemir de sorpresa y placer.
‘¡Qué rico culo tienes, putita!’, exclamó él con voz ronca, mientras su otro mano jugueteaba con sus pezones endurecidos por la excitación. ‘Te voy a coger tan duro que vas a suplicar por más’.
La flaca, sintiendo el calor de su aliento en su cuello, se estremeció de deseo. Sabía que lo que se venía sería una cogida salvaje, llena de lujuria desenfrenada y suciedad.
Él la tomó con fuerza, sacándola bruscamente del agua, y la arrojó sobre el borde de la alberca. La embistió con violencia, clavando su verga en lo más profundo de su concha húmeda y ansiosa.
‘¡Así es como se coge a una puta como tú!’, gruñó él, embistiendo una y otra vez con fuerza brutal. La flaca gemía y suplicaba por más, disfrutando de cada embestida y cada golpe de sus caderas contra las suyas.
El sudor resbalaba por sus cuerpos entrelazados, mezclándose con el cloro de la alberca y los fluidos de su sexo en frenesí. Los gemidos, los susurros obscenos y los sonidos de piel contra piel llenaban el aire caliente de la tarde.
Él, sin detenerse un instante, cambió de posición y la puso a cuatro patas, dejando al descubierto su culo perfecto y apetecible. Sin aviso, le metió de nuevo el dedo en el culo, preparándolo para lo que vendría a continuación.
‘¿Te gusta que te toque el culo, eh, zorra? Te voy a dar tan duro que no podrás sentarte en una semana’, amenazó con voz gutural, excitado por la vista del agujero estrecho y tentador que tenía frente a él.
La flaca, ansiosa y deseosa de más, gritó de placer al sentir su pija entrar en su ano sin piedad. El dolor inicial se convirtió rápidamente en un placer indescriptible, una sensación de ser completamente poseída y sometida.
Los movimientos eran cada vez más frenéticos, más desesperados, más obscenos. Los cuerpos chocaban con violencia, los gemidos se entremezclaban con los sonidos de carne golpeando contra carne, en una danza de lujuria y perversiones.
El climax se aproximaba, la tensión sexual en el ambiente era palpable. Él aumentó el ritmo, embistiendo con fiereza el culo de la flaca, mientras ella se retorcía de placer y dolor, suplicando por más, por la venida salvaje que sabía que estaba por llegar.
Y entonces, en un último estallido de deseo incontenible, él se dejó llevar por la pasión y se vino con furia, llenando el culo de la flaca con su semen caliente y espeso. Los dos gemían en éxtasis, agotados y satisfechos, sabiendo que ese encuentro en la alberca sería solo el primero de muchos más.






