le dije a mi amiga que ella nos graba cogiendo en el hotel

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La noche caía sobre la ciudad con un calor pegajoso y pesado que parecía envolverlo todo en una especie de bruma caliente. David y su amiga Luisa habían salido a celebrar el cumpleaños de ella con unas copas de más y en medio de la euforia, la tensión sexual entre ambos se volvió palpable. No era la primera vez que se veían en situaciones comprometedoras, esos roces accidentales y miradas fugaces que ambos intentaban ignorar pero que en realidad los excitaban al límite.

Decidieron retirarse del bar y refugiarse en un hotel barato que encontraron cerca. Al entrar en la habitación, el aire acondicionado apenas hacía mella en el bochorno que se respiraba. Luisa se dejó caer sobre la cama, su vestido corto subiendo peligrosamente por sus muslos, dejando al descubierto la tentación de su entrepierna. David no pudo contenerse más y se abalanzó sobre ella, sus bocas hambrientas buscándose desesperadamente en un beso salvaje y desenfrenado.

‘Dios, Luisa, siempre supe que algún día acabaríamos aquí’, murmuró David entre gemidos, mientras sus manos recorrían el cuerpo semidesnudo de su amiga con ansia animal.

‘Cállate y coge conmigo, ya no aguanto más’, respondió Luisa con voz ronca, sus ojos brillando de deseo y lujuria.

Se despojaron de la ropa con urgencia, como si el simple roce de la tela fuera una barrera insalvable entre sus cuerpos en llamas. Luisa se arrodilló ante David y tomó su verga entre sus manos, sintiendo en su piel la tensión y la calidez de la pija dura y ansiosa por entrar en acción. Sin decir una palabra, se la llevó a la boca con una dedicación asombrosa, chupando con avidez y dejando escapar gemidos de placer cada vez que la carne palpitante rozaba su lengua.

David se retorcía de placer, incapaz de contener los suspiros y los gemidos que escapaban de su garganta entreabierta. Se aferró al cabello de Luisa, guiándola en un vaivén que llevaba su verga cada vez más profundo en su garganta, sintiendo cada succión, cada roce, como una caricia celestial.

‘Sí, así, sigue mamando mi verga, puta’, gimió David entre dientes, su voz cargada de lujuria y dominación.

Luisa obedeció sin titubear, aumentando el ritmo de sus succiones y arremetiendo con más fuerza, disfrutando del sabor salado y del olor a sexo que emanaba de la verga palpitante en su boca.

Después de un rato de mamadas intensas, David tomó a Luisa por los hombros y la levantó de la cama, lanzándola sobre las sábanas revueltas. Sin pensarlo dos veces, se posicionó entre las piernas abiertas de su amiga y la penetró de un solo golpe, sintiendo cómo la concha caliente y húmeda de Luisa lo recibía con ansias.

‘¡Sí, sí, así, dame duro!’, gritó Luisa, sintiendo cómo el placer la invadía por completo.

Los cuerpos se fundieron en un vaivén frenético y salvaje, los gemidos y los suspiros llenaban la habitación con una sinfonía de placer desenfrenado. David embestía con fuerza, sintiendo cada contracción de la concha de Luisa envolviendo su verga, apretándola con fuerza en un abrazo de lujuria desmedida.

‘¡Ah, mierda, me voy a correr!’, anunció David entre jadeos, sintiendo cómo el clímax se aproximaba a pasos agigantados.

Luisa lo miró con desafío, con los ojos brillantes de deseo y perversión. ‘¡Ven en mi culo, David, lléname de semen!’, suplicó, provocando la explosión final de placer en ambos.

Con un gruñido gutural, David se dejó llevar por la marea de sensaciones, vaciando su venida ardiente en el culo de Luisa, sintiendo cómo cada chorro de semen la llenaba y los unía en una obscena comunión de lujuria desenfrenada.

Se quedaron unidos en un abrazo de sudor y sofoco, jadeando y saboreando los últimos estertores de placer que los embargaban. El aire se llenó del olor a sexo y deseo, envolviéndolos en una atmósfera íntima y prohibida que los dejó extasiados y completamente saciados.