jovencita flaquita se deja por gordo asqueroso a cambio de dinero

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En un sucio y destartalado apartamento de un barrio marginal, una joven flaquita de apenas 19 años se encontraba sentada en el viejo sofá de cuero desgastado, mirando con desesperación su teléfono móvil. Su nombre era Mariana, una chica de tez clara y cabello oscuro, que se veía cada vez más nerviosa a medida que el tiempo pasaba.

«¿Dónde demonios está ese gordo asqueroso?», pensaba para sí misma, mientras se mordía el labio inferior con impaciencia. Había acordado encontrarse con él a cambio de una suma considerable de dinero, pero la espera la estaba poniendo ansiosa. Finalmente, la puerta se abrió y entró un hombre de mediana edad, con sobrepeso y una mirada lujuriosa en los ojos.

«¡Hola, preciosa! ¿Listos para divertirnos un poco?», dijo el hombre con una sonrisa lasciva, mientras se acercaba a Mariana. Ella asintió con timidez, sabiendo que ya no había vuelta atrás. El gordo la miró de arriba abajo con deseo, palpando su delgada figura con una mano grasienta.

«Te ves deliciosa, flaquita. Estoy ansioso por cogerte toda esta noche», murmuró el hombre mientras se acercaba a ella. Mariana sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero sabía que necesitaba el dinero desesperadamente. Lentamente, el gordo comenzó a desabrocharse los pantalones, dejando al descubierto su verga flácida y sucia.

«Ven aquí y chúpamela, putita», ordenó el hombre con rudeza, agarrando a Mariana por el cabello y acercándola a su entrepierna. Ella cerró los ojos y comenzó a mamar la verga flácida con avidez, sintiendo el sabor salado de su piel sucia en su boca. El gordo gemía de placer, disfrutando de cada succión de la joven.

Luego de unos minutos de mamadas, el hombre empujó a Mariana hacia el sofá y la puso a cuatro patas, levantándole la falda corta que llevaba puesta. Sin mediar palabra, la penetró con fuerza, haciéndola gemir de dolor y placer al mismo tiempo. La joven apretó los puños, sintiendo la verga sucia del gordo entrando y saliendo de su concha estrecha.

«¡Sí, sí, cógeme, gordo sucio! ¡Dame más duro!», gritó Mariana entre gemidos, sintiendo el sudor recorrer su espalda. El hombre la embestía con furia, disfrutando de la sensación de tener a la joven flaquita a su merced. Los movimientos eran bruscos y salvajes, llenando la habitación con el sonido de la carne chocando contra carne.

La follada continuó por un buen rato, con el gordo alternando entre embestidas rápidas y profundas. Mariana se aferraba con fuerza al borde del sofá, sintiendo el placer construirse en lo más profundo de su ser. Cada roce, cada embestida, la llevaba más cerca del clímax.

Finalmente, el gordo sacó su verga de la concha de Mariana y la colocó en su culo, sin pedir permiso ni lubricación. La joven gritó de dolor al sentir la invasión anal, pero pronto fue reemplazado por un intenso placer. El hombre la culeaba sin piedad, sintiendo cómo se acercaba al límite de su resistencia.

«¡Sí, sí, dame tu leche en el culo, gordo cerdo asqueroso! ¡Rómpeme el culo con tu verga sucia!», gemía Mariana, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba con rapidez. El gordo la embistió con más fuerza, sintiendo sus propias tripas retorcerse de placer.

Finalmente, con un gruñido gutural, el hombre se dejó llevar por el éxtasis y se corrió dentro del culo de Mariana, llenándola con su semen caliente y pegajoso. La joven se dejó caer exhausta sobre el sofá, sintiendo cómo el semen del gordo se escapaba de su culo y se deslizaba por sus piernas.

La habitación quedó sumida en un silencio incómodo, roto solo por la respiración pesada de los dos protagonistas. Mariana se limpió con un pañuelo de papel, sintiendo una mezcla de vergüenza y satisfacción por lo que acababa de hacer. El gordo se levantó con una sonrisa satisfecha en el rostro, sabiendo que volvería a buscar a la joven flaquita para más encuentros sucios y obscenos.