joven prostituta se deja coger por hombre gordo

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La joven prostituta estaba de rodillas en el sucio y decadente apartamento del hombre gordo. Había llegado allí después de una noche fría y desesperada en busca de dinero fácil. Sus medias rotas, su maquillaje corrido y su mirada perdida denotaban su desolación. El hombre, sudoroso y lleno de lascivia, la observaba con una sonrisa lujuriosa, deseando poseerla y utilizar su cuerpo como objeto de placer.

El ambiente estaba cargado de un olor mezcla de alcohol barato y deseo reprimido. La joven, apenas mayor de edad, se dejaba llevar por la necesidad de sobrevivir en un mundo cruel y sin escrúpulos. El hombre gordo, con su panza prominente y su aliento a tabaco, se acercó a ella con deseo insaciable.

‘¿Listo para darmelo todo, gordo asqueroso?’ dijo la joven con voz desafiante, tratando de mantener un mínimo de dignidad en aquella situación degradante.

‘Callate, puta, y haz lo que se te pide’, respondió el hombre con rudeza, agarrando con fuerza su cabello y obligándola a mirarlo a los ojos mientras se acercaba con su pene erecto y sucio.

La joven, resignada y sin más opciones, abrió la boca y comenzó a mamar esa verga flácida y sudorosa. Sentía el sabor amargo de la depravación en su boca, pero se concentraba en el hecho de que al menos recibiría un pago por aquello.

‘Así, puta, mueve esa lengua como la zorra que eres’, gruñó el hombre gordo, empujando su cabeza hacia adelante con fuerza para abusar de su boca con salvajismo.

Entre gemidos, la joven prostituta seguía mamando aquel miembro flácido y lleno de venas. Su saliva se mezclaba con el sudor del hombre, creando un líquido pegajoso y repulsivo que manchaba sus labios y su mentón.

‘Ahora es mi turno de cogerte, puta barata’, dijo el hombre gordo con voz grave, empujándola hacia el suelo y levantándose para desabrocharse los pantalones y revelar su verga flácida y sucia.

La joven, resignada a su destino, se dejó penetrar por aquel hombre obeso y repugnante. Sentía como su cuerpo era invadido por esa pija desagradable y su mente se desconectaba para evitar sentir el dolor y la humillación.

‘¡Sí, así, gózalo, puta sucia! ¡Te gusta ser cogida por un gordo asqueroso como yo!’ gritaba el hombre, embistiendo con fuerza y sin compasión el cuerpo indefenso de la joven.

Los gemidos, los gritos y los sonidos de piel chocando resonaban en la habitación lúgubre y maloliente. La joven cerraba los ojos tratando de evadirse de aquella realidad sórdida y brutal en la que se encontraba.

El hombre gordo, sudando y jadeando como un animal en celo, seguía cogiendo a la joven con una voracidad insaciable. Sus manos grasientas se aferraban a sus caderas, marcando su piel con marcas rojas de posesión y deseo desenfrenado.

‘¡Voy a cogerte hasta dejarte sin aliento, putita! ¡Eres toda mía para disfrutar y usar a mi antojo!’ vociferaba el hombre, incrementando el ritmo y la intensidad de sus embestidas.

La joven, entre lágrimas y dolor, sentía como aquel hombre gordo la llevaba al límite de sus fuerzas y su resistencia. Su cuerpo era simplemente un receptáculo para el placer sucio y salvaje de aquel individuo despreciable.

Finalmente, con un gruñido gutural y un torrente de obscenidades, el hombre gordo alcanzó su clímax y se derramó dentro de la joven prostituta, llenándola de semen caliente y viscoso. La joven no pudo evitar sentir asco y desesperación al ser invadida de esa manera por un hombre al que apenas conocía.

La habitación quedó sumida en un silencio pesado y denso, roto solo por el jadeo agitado y la respiración entrecortada de ambos. La joven se levantó con dificultad, con la mirada perdida y el alma destrozada, mientras el hombre gordo se abrochaba los pantalones con gesto triunfante y satisfecho.

Así terminó aquella noche de desenfreno y depravación, con la joven prostituta abandonando el apartamento del hombre gordo con el dinero en el bolsillo y la dignidad pisoteada. Ambos sabían que aquello no sería más que un triste recuerdo de una noche de sexo desgarrador y sin amor.