La noche estaba húmeda y pegajosa, la loba acechaba en la sala mientras yo preparaba el sofá para una noche de Netflix y chill. Sus ojos brillaban con deseo mientras se deslizaba por el borde del sillón, sus uñas arañando la tela con impaciencia. La miré con lujuria, sabiendo lo que estaba por venir. Sin decir una palabra, me acerqué a ella, sintiendo su aliento caliente en mi cuello.
‘¡Vamos a ver qué quieres realmente, lobita mía!’, le susurré con voz ronca mientras mis manos exploraban su cuerpo ansioso. Desgarré su camiseta revelando sus pechos desnudos, los pezones erectos como dos pequeñas balas de deseo. Mientras la loba gruñía de placer, bajé mi mano por su vientre, encontrando el calor entre sus piernas.
Con un rápido movimiento, la loba me empujó sobre el sofá, montándose sobre mí con ferocidad. Sus labios buscaron los míos con avidez, su lengua jugando con la mía en un baile erótico. Me arrancó la ropa con ansias bestiales, dejándome expuesto a su deseo incontrolable. Sin mediar palabra, se abalanzó sobre mi entrepierna, devorando mi pija con voracidad.
‘¡Sí, loba, así, cómetela toda!’, gemí como un animal en celo, sintiendo su boca deslizarse de arriba abajo con maestría. Sus manos apretaban mis huevos con fuerza, provocando una mezcla de dolor y placer indescriptible. Cada succión era un tormento delicioso, una promesa de placer extremo.
El sudor perlaba nuestros cuerpos mientras nos entregábamos al éxtasis primitivo. La loba se inclinó hacia atrás, mostrándome su culo redondo y perfecto, una invitación obscena que no pude rechazar. Me abalancé sobre ella, hundiendo mi verga en su concha empapada sin piedad.
‘¡Cógeme como la bestia que eres!’, gritó la loba, sus uñas arañando el sofá con violencia. Mis embestidas eran brutales, cada embate sacudiendo su cuerpo con fuerza desmedida. Sus gemidos eran una sinfonía de placer, un himno a la lujuria desenfrenada.
La noche se llenó con el sonido de nuestros cuerpos chocando en un ritmo frenético, la pasión desbordándose como un río desbocado. La loba se retorcía debajo de mí, su sexo apretando mi verga con una fuerza sobrenatural. La cama crujía bajo nuestra danza salvaje, testigo silencioso de nuestra lujuria desenfrenada.
Con un gruñido gutural, me retiré de su concha ardiente, buscando otro lugar de deleite. Sin previo aviso, hundí mi verga en su culo apretado, un gemido mixto de dolor y placer escapando de sus labios. La loba se arqueó en éxtasis, su cuerpo temblando de deseo incontrolable.
‘¡Sí, más fuerte, no pares!’, exigía la loba entre gemidos entrecortados, su voz llena de urgencia y deseo desenfrenado. Mis embestidas eran salvajes, sin contención, cada movimiento empujándonos hacia el abismo del placer absoluto. El sudor nos cubría como un manto pegajoso, un testimonio de nuestra entrega total al deseo carnal.
El sexo anal nos consumía, devorándonos en un torbellino de sensaciones intensas. La loba gritaba de placer, sus uñas arañando mi espalda con una pasión primitiva. Cada embestida era un viaje al borde del abismo, un vuelo sin retorno hacia la venida inevitable.
Finalmente, con un grito gutural, la loba alcanzó el clímax, su cuerpo convulsionando en espasmos de éxtasis puro. Su orgasmo desencadenó el mío, una explosión de placer que me sumergió en un mar de semen caliente y espeso. Nos desplomamos exhaustos, envueltos en el olor a sexo y lujuria, sabiendo que esta noche sería solo el comienzo de nuestra depravación.




