esta jovencita si que sabe como pasarla rico a solas

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«Esta jovencita sí que sabe cómo pasarla rico a solas», pensaba Alejandro mientras observaba, a través de la pantalla de su computadora, a la chica que había conocido en una de esas aplicaciones de citas. La escena que se desarrollaba frente a sus ojos era tan excitante como inesperada. Estaba claro que ella conocía todos los trucos para encenderse a sí misma y provocar el deseo ajeno.

La habitación en la que se encontraba era pequeña y estaba abarrotada de trastos, con ropa tirada por el suelo y una cama deshecha en un rincón. La iluminación era tenue, apenas unas velas dispersas por la estancia lanzaban sombras titilantes sobre las paredes descascaradas. Un ligero olor a sudor y perfume barato impregnaba el aire. Pero nada de eso importaba en ese momento. Lo único que le preocupaba a Alejandro era lo que ocurría en la pantalla.

La joven, con su cabello oscuro cayendo en cascada sobre sus hombros desnudos, se acariciaba el cuerpo con una lentitud exasperante. Sus movimientos eran sensuales, precisos, como si estuviera interpretando una danza privada para una audiencia invisible. Se quitó la blusa lentamente, revelando un sostén negro que apenas podía contener la opulencia de sus pechos. La cámara se acercó, capturando cada detalle, cada curva, cada suspiro.

«Mmm, así que a esto te dedicas cuando estás sola», murmuraba Alejandro para sí mismo, sintiendo cómo su entrepierna se calentaba con cada gesto de la chica en la pantalla. La vio desabrocharse el sujetador y liberar sus senos firmes y turgentes, acariciándolos con una delicadeza que lo enloquecía.

Y entonces comenzó el espectáculo. La chica se despojó de sus pantalones ajustados, dejando al descubierto una braga diminuta que apenas cubría su sexo ansioso. Se tumbó en la cama, con las piernas ligeramente abiertas, y comenzó a acariciarse, primero suavemente, luego con más intensidad.

«Dios mío, qué rico se ve su coño», pensó Alejandro, contemplando extasiado cómo los dedos ágiles de la joven exploraban su propia intimidad, deslizándose con facilidad entre los pliegues húmedos. La excitación lo invadía por completo, era como si pudiera sentir en carne propia cada caricia, cada gemido, cada gota de deseo que brotaba de esa escena prohibida.

«¿Te gusta lo que ves, papito?», escuchó la voz de la chica a través de los altavoces. Sus palabras lo sacudieron como un rayo. Era como si ella supiera que él estaba ahí, mirándola, deseándola con una intensidad que le resultaba casi dolorosa.

«Sí, cariño, me encanta», respondió Alejandro entre dientes, sintiendo cómo la verga se le endurecía dentro de los pantalones, ansiosa por liberarse, por participar en esa danza erótica que se desarrollaba ante sus ojos.

La chica sonrió de manera pícara y se abrió de piernas aún más, ofreciéndole a la cámara una vista privilegiada de su sexo brillante y palpitante. Sin previo aviso, se introdujo un dedo en la entrada de su concha, gimiendo suavemente al sentir la invasión. Luego otro dedo se unió al primero, y otro, hasta que estuvo completamente empapada, completamente abierta y lista para recibir lo que fuera que ella deseara.

«¡Ay, sí, así! ¡Qué rico juegas conmigo!», exclamó la chica, retorciéndose de placer, sus caderas moviéndose en un vaivén obsceno que obligaba a Alejandro a contener un gruñido de deseo. No podía apartar la mirada, estaba hipnotizado por la visión de esa jovencita ardiente que sabía exactamente cómo hacerle perder la cabeza.

Y entonces, sin previo aviso, la chica se detuvo bruscamente, mirando a la cámara con una expresión desafiante. «¿Quieres verme acabar, cabrón? ¿Quieres ver cómo me corro para ti?», preguntó con voz ronca, los ojos brillando de lujuria.

Alejandro asintió frenéticamente, incapaz de articular palabra. La chica sonrió satisfecha y aumentó la velocidad de sus dedos, martilleando su sexo con una urgencia que lo dejó sin aliento. Los gemidos se multiplicaron, se hicieron más agudos, más desesperados. Y entonces, con un grito de éxtasis, la chica se dejó caer en una cascada de placer, su cuerpo convulsionando, sus piernas temblando, el rostro contorsionado en una máscara de gozo absoluto.

Alejandro sintió como si su propia venida estuviera sincronizada con la de ella, como si sus cuerpos estuvieran conectados en una danza erótica que iba más allá de la simple pantalla de la computadora. Se dejó caer hacia atrás en su silla, exhausto, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, una sonrisa satisfecha curvando sus labios. Sí, esa jovencita sí que sabía cómo hacerlo pasar rico a solas. Y él estaba más que dispuesto a seguir viéndola hacerlo una y otra vez.