La enfermera del IMSS, Juana, llevaba todo el día corriendo de un lado a otro atendiendo pacientes en el saturado hospital público. Su uniforme blanco estaba manchado de sangre y suciedad, reflejo de la intensa jornada que había enfrentado. Con su cabello castaño recogido en un desordenado moño, y su rostro cansado, caminaba por los pasillos en busca de descanso. Sin embargo, la urgencia de un paciente la hizo detenerse en seco.
El paciente en cuestión era Juan, un hombre corpulento y rudo que necesitaba una revisión médica urgente. Juana, con su profesionalidad a flor de piel, decidió atenderlo de inmediato. Mientras lo ayudaba a acostarse en la camilla, notó la mirada lujuriosa de Juan posada en sus curvas. Sin decir una palabra, empezó a auscultarlo, pero su mente estaba en otra parte.
Los minutos pasaban y la tensión sexual entre ambos iba en aumento. Juana sentía como su respiración se agitaba cada vez que Juan la miraba fijamente. Sin poder resistir más, él rompió el silencio con una propuesta indecente:
‘¿Sabes, enfermera, que lo que realmente necesito para sentirme mejor es que me la chupes aquí mismo? Tienes unos labios tan jugosos que no puedo dejar de imaginarte mamando mi verga…’
La propuesta la tomó por sorpresa, pero una ola de deseo recorrió su cuerpo de arriba abajo. Juana, sintiendo la adrenalina correr por sus venas, decidió dejarse llevar por la excitación del momento. Se arrodilló frente a Juan y con manos temblorosas desabrochó su pantalón. Ante sus ojos apareció una verga dura y lista para ser atendida.
‘Oh, enfermera, qué sorpresa tan agradable… ¡Métemela en la boca y chúpala como la putita que eres!’, dijo Juan con voz gruesa y llena de deseo.
Sin decir una palabra, Juana obedeció a su paciente y comenzó a lamer la cabeza de su pija con movimientos circulares y delicados. El sabor salado de la piel de Juan la hizo gemir de placer, mientras él se retorcía de gusto en la camilla. Con cada succión, el calor en la habitación se intensificaba, creando un ambiente cargado de pasión y lujuria.
‘¡Sí, sigue mamando así, putita! ¡Me encanta cómo me la chupas!’, exclamó Juan entre gemidos de placer.
Juana se entregó por completo al acto de mamar la verga de su paciente, sintiendo cómo su propia excitación crecía con cada movimiento de sus labios. La sensación de tener a un hombre deseándola de esa manera la llevó al borde del éxtasis, provocando que sus gemidos se mezclaran con los de Juan.
Después de un rato de intensa mamada, Juan anunció que estaba a punto de venirse. Con un último esfuerzo, Juana apretó sus labios alrededor de la verga de Juan y recibió su venida con ansias. El semen caliente llenó su boca, provocando que ella tragara cada gota con ansias voraces.
‘¡Qué mamada, enfermera! Eres toda una experta en chupar vergas… Pero esto no acaba aquí, tengo algo más reservado para ti’, dijo Juan con una sonrisa traviesa en su rostro.
El deseo en los ojos de Juan dejaba en claro que la noche aún estaba lejos de terminar. Juana, con su uniforme arrugado y su piel brillante de sudor, se preparó para lo que vendría a continuación. La enfermera del IMSS se disponía a recibir mucho más que una simple mamada de su paciente, Juan.



