Ella quiere coger pero el quiere ver el futbol

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Ella estaba caliente. Muy caliente. Había pasado toda la tarde provocándolo, insinuándole sus deseos más oscuros, pero él, sin inmutarse, seguía pegado a la televisión viendo el partido de fútbol. Estaba a punto de explotar de lujuria, de necesidad, de deseo incontenible. Pero él solo quería ver el fútbol.

La habitación olía a carne caliente, a sudor y deseo. La luz tenue que entraba por la ventana apenas iluminaba el lugar. Los cuerpos entrelazados sobre la cama, ella con su ropa interior de encaje negro, él con los pantalones por los tobillos.

«Vamos, amor, déjame cogerte», susurraba ella, mientras se acercaba lentamente a él.

«Quédate quieta, estoy viendo el partido», respondía él, sin apartar la vista de la pantalla.

Ella no podía soportarlo más. Se abalanzó sobre él, quitándole la camiseta a la fuerza. Sus pechos desnudos rozaban su torso, buscando desesperadamente su atención.

«Te necesito», murmuraba ella, besando su cuello con ansias.

Él finalmente volvió la mirada hacia ella, con una expresión de frustración y deseo a partes iguales. Pero su mirada volvió rápidamente al televisor.

«No puedo creer que prefieras ver fútbol en lugar de tocarme», dijo ella con desesperación en su voz.

«Es el partido decisivo, cariño, cásate con otro si eso te molesta», respondió él, con tono exasperado.

La rabia se apoderó de ella. Sin pensarlo dos veces, se bajó las bragas y se montó sobre él. Su miembro erecto entró en ella de un solo golpe, haciéndola gemir de placer.

«¿Qué haces?», preguntó él, sorprendido por la brusquedad de sus movimientos.

«Voy a cogerme a tu pija hasta que te olvides de ese estúpido partido de mierda», respondió ella con determinación.

Los cuerpos se movían frenéticamente, en una danza de lujuria y desenfreno. Los gemidos se mezclaban con los gritos de gol que provenían del televisor.

«¡Si fueras tan bueno en la cama como Messi en el campo, este partido terminaría ahora mismo!», gritó ella, moviéndose con furia sobre él.

Él no podía resistirse más. Sus manos agarraron con fuerza las caderas de ella, aumentando el ritmo de sus embestidas.

«¡Eso es! ¡Cógeme como si tu vida dependiera de ello!», gritó ella, arqueando la espalda de placer.

El sudor bañaba sus cuerpos, haciendo que se deslizaran uno sobre el otro con mayor facilidad. El olor a sexo impregnaba la habitación, mezclado con la pasión y la tensión sexual que se respiraba en el aire.

Los minutos pasaban, las embestidas se volvían más salvajes, más desesperadas. Los gemidos se intensificaban, llegando a un punto de éxtasis inminente.

Finalmente, él no pudo contenerse más. Con un gruñido gutural, se dejó llevar por el placer, llenando a ella con su venida caliente y espesa.

Ella, sintiendo la explosión de placer de él en su interior, alcanzó su propio clímax, gritando su nombre en el éxtasis más absoluto.

El sudor frío cubría sus cuerpos jadeantes, mientras intentaban recuperar el aliento. La tensión había desaparecido, reemplazada por un profundo sentido de satisfacción y complicidad.

Se miraron a los ojos, con una sonrisa cómplice en los labios.

«Creo que nunca más vas a preferir el fútbol a mí», dijo ella, entre risas.

Él la abrazó con fuerza, besando su frente con ternura.

«No lo creo, pero tal vez pueda hacer una excepción de vez en cuando», respondió él, con una sonrisa pícara en los labios.

Se quedaron así, abrazados, disfrutando del éxtasis compartido y del amor que los unía. Y tal vez, solo tal vez, el fútbol ya no fuera tan importante como antes.