El olor a desinfectante impregnaba el aire del consultorio, mezclándose con el sudor que perlaba la frente de la joven enfermera del IMSS. Sus pechos se movían con cada paso, aprisionados en el ajustado uniforme verde que resaltaba sus curvas. El doctor, un hombre maduro y experimentado, no podía apartar la mirada de su trasero prieto que se balanceaba provocativamente ante él.
‘¡Qué delicioso culo tienes, putita!’, gruñó el médico con voz ronca, acercándose a ella con ojos llenos de lujuria. La enfermera, excitada por la dominancia masculina, respondió con un gemido ahogado y se apretó contra la fría pared, ansiosa por lo que estaba por venir.
Con brutalidad, el doctor agarró a la enfermera por la cintura y la volteó, arrancándole la blusa y liberando sus senos firmes y erectos. Sin mediar palabra, se abalanzó sobre ellos, mordisqueando los pezones con voracidad mientras sus manos se deslizaban hacia abajo, desabrochando el pantalón de la joven con premura.
‘¡Así me gusta, sumisa y caliente!’, exclamó el doctor, introduciendo bruscamente sus dedos en la entrepierna empapada de la enfermera, quien jadeaba sin control, sintiendo cómo la excitación la invadía por completo.
La joven se arqueó de placer cuando el médico la levantó en vilo y la depositó en la camilla, con las piernas abiertas y la concha expuesta. Sin titubear, el doctor se abalanzó sobre ella, hundiendo su verga dura y palpitante en su interior sin miramientos.
‘¡Sí, cógete mi concha, métemela toda hasta el fondo!’, gritó la enfermera en un frenesí de lujuria, arqueando la espalda y aferrándose a las sábanas mientras el médico embestía con fuerza una y otra vez.
Los gemidos se mezclaban con el ruido de la camilla golpeando contra la pared, creando una sinfonía de placer desenfrenado. La enfermera se retorcía de placer bajo el implacable embate del doctor, quien la poseía como si fuera suya, como si su cuerpo le perteneciera por completo.
‘¡Eres mi puta, mi perra en celo!’, gruñó el médico, aumentando la velocidad de sus embestidas y llevando a la joven al borde del éxtasis. Los fluidos se mezclaban, el sudor empapaba sus cuerpos y el olor a sexo impregnaba la habitación.
Entre jadeos y gemidos, la enfermera suplicó por más, por una culeada aún más salvaje, por un placer que la consumiera por completo. El doctor, complacido por su sumisión, la dio vuelta y la penetró por el culo con fuerza, arrancándole gritos de dolor y placer indistinguibles.
‘¡Así, toma mi pija en tu culo, zorra! ¡Apreta bien fuerte, quiero sentirte toda!’, ordenó el médico con voz dominante, clavando su verga en lo más profundo del recto de la joven, quien se retorcía de placer bajo su brutal embestida.
El sexo anal desenfrenado los consumió, llevándolos a un punto de éxtasis inimaginable. La enfermera gozaba como nunca, sintiendo cómo el placer la invadía de pies a cabeza, mientras el médico la poseía con una pasión desbordante.
Finalmente, en un grito gutural de placer, el doctor se dejó ir dentro de ella, llenando su interior con una venida explosiva de semen caliente que la hizo temblar de placer y agotamiento. Los cuerpos desnudos y sudorosos se abrazaron en un último estertor de pasión desenfrenada.




