desvirgando a una morrita colegiala de prepa

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La tarde estaba calurosa en esa pequeña habitación de motel de mala muerte. La cama maltratada por innumerables parejas anteriores, el aire viciado por el sudor y la lujuria acumulada. Los rayos de sol se filtraban por las cortinas desgastadas, creando un ambiente opresivo y bochornoso. En el centro de la habitación, se encontraba una jovencita de dieciocho años, mirada inocente pero lleno de deseo en sus ojos, ella era una morrita colegiala de prepa.

Su amigo, un chico mayor, musculoso y rudo, la observaba con lujuria mientras se quitaba la camisa y dejaba al descubierto su torso sudoroso y tatuado. Con una sonrisa perversa en los labios, se acercó a ella y la tomó por la cintura, susurrándole al oído con voz ronca: «Hoy te voy a desvirgar, putita».

Ella temblaba de deseo y nerviosismo, sus pezones duros como piedras debajo de la blusa escolar. Él la empujó suavemente hacia la cama, obligándola a recostarse boca arriba. Con manos expertas, comenzó a desabrocharle la blusa lentamente, revelando un sostén de encaje blanco que apenas podía contener sus voluptuosos pechos.

«¿Estás lista para sentir mi verga dentro de ti, morrita?» preguntó él con voz dominante, mientras se quitaba los pantalones y dejaba al descubierto su miembro erecto y palpitante.

Ella asintió con la cabeza, sintiendo como su entrepierna se humedecía de deseo. Él se arrodilló entre sus piernas, deslizando lentamente su mano por debajo de su falda de colegiala, acariciando suavemente su entrepierna a través de la diminuta tanga de encaje.

Con movimientos precisos, él le quitó la tanga, dejando al descubierto su intimidad rosada y húmeda. Sin previo aviso, empezó a lamer suavemente su clítoris, provocando gemidos de placer en la joven colegiala.

El ambiente se llenó de gemidos, susurros y el sonido húmedo de la lengua de él explorando su sexo. Con cada lamida, la morrita se retorcía de placer, apretando las sábanas con fuerza. Él estaba decidido a volverla loca de deseo antes de penetrarla.

Finalmente, la morrita no pudo soportarlo más y lo tomó de los cabellos, incitándolo a seguir. «¡Cogeme ya! ¡Quiero sentir tu verga dentro de mí!» gritó con desesperación.

Él sonrió satisfecho, se puso de pie y se colocó entre sus piernas abiertas. Sin previo aviso, la penetró con fuerza, haciendo que la morrita lanzara un gemido mezcla de dolor y placer. Los dos se miraron a los ojos, conectando en un nivel profundamente íntimo.

Los movimientos de él eran rápidos y salvajes, embistiendo una y otra vez su virilidad en lo más profundo de ella. La morrita arqueaba la espalda, sintiendo como el éxtasis se apoderaba de su cuerpo joven y ardiente.

«¡Sí, así, sigue cogiéndome así!» gemía la morrita, sus ojos vidriosos de placer. Él la agarró de las caderas, aumentando el ritmo de sus embestidas, sintiendo como el calor del orgasmo se acercaba rápidamente.

Y entonces, en un momento de éxtasis absoluto, la morrita colegiala de prepa sintió una ola de placer recorrer todo su ser, su cuerpo temblando incontrolablemente bajo él. Con un gruñido gutural, él se dejó llevar, eyaculando profusamente en su interior.

Ambos se quedaron recostados en la cama, respirando agitadamente, empapados en sudor y lujuria. Los cuerpos desnudos y entrelazados, el ambiente cargado de un olor a sexo y deseo cumplido.

La morrita sonrió con satisfacción, sintiéndose plenamente mujer por primera vez en su vida. Y su amigo, el chico rudo, la miró con complicidad, sabiendo que habían compartido un momento inolvidable juntos.