despues de la posada se cogen entre todos a la contadora borracha

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La posada ya había sido un desmadre desde que comenzó la fiesta. La música retumbaba en las paredes mientras los invitados bebían sin parar, ansiosos por liberar sus instintos más bajos. La contadora, una mujer atractiva de unos treinta años, se dejó llevar por la euforia del momento y bebió más de la cuenta, perdiendo la noción de la realidad.

Sus compañeros de trabajo no desaprovecharon la oportunidad de aprovecharse de su estado de embriaguez. La rodearon, con miradas lujuriosas y manos inquietas, deseosos de llevar a cabo sus fantasías más oscuros con ella. La contadora, ajena a la situación, reía y seguía bebiendo, sin saber lo que le esperaba.

Entre empujones y risas, la llevaron a una habitación apartada donde la música era apenas un susurro lejano. La depositaron en la cama, semiinconsciente, mientras ellos se arremolinaban a su alrededor, excitados y ansiosos por comenzar la orgía.

La contadora, con sus ojos vidriosos y su cuerpo tembloroso, no opuso resistencia cuando uno de sus colegas comenzó a quitarle la ropa con ansias voraces. La atmósfera cargada de deseo y lujuria se tornó aún más intensa cuando los demás comenzaron a desnudarse, mostrando sus cuerpos excitados y sus miembros erectos.

‘Miren esas tetas, están listas para ser manoseadas’, dijo uno de ellos mientras se abalanzaba sobre ella, apretando sus senos con desesperación. La contadora gimió levemente, demasiado intoxicada para distinguir entre la realidad y la fantasía.

Uno a uno, los compañeros se acercaron a ella, embriagados por la excitación de lo prohibido. La desnudez cruda y desinhibida llenaba la habitación, creando un espectáculo obsceno y salvaje que estaba a punto de desatarse en su totalidad.

‘Miren ese culo, está pidiendo que la cojamos’, exclamó otro, agarrando las nalgas de la contadora con rudeza, separándolas para exponer su intimidad. Otro se arrodilló entre sus piernas, sintiendo el calor y la humedad de su entrepierna, ansioso por saborearla.

Las caricias lascivas y los gemidos ahogados llenaban la habitación, creando una sinfonía de placer y lujuria desenfrenada. La contadora, indefensa y entregada por completo al deleite carnal, apenas podía articular palabra, perdida en un mar de sensaciones desconocidas.

‘Vamos a cogerla entre todos, no dejaremos ni un agujero sin penetrar’, dijo uno de los más desinhibidos, arrastrando a los demás hacia la cama donde la contadora yacía, esperando su destino.

La noche se convirtió en un festín de sexo desenfrenado, donde cuerpos se fundían en un baile caótico de sudor, gemidos y placer. La contadora, tomada por todos los ángulos, experimentaba una ola interminable de sensaciones que la llevaban al borde de la locura.

‘¡Esta puta está disfrutando de cada verga que la penetra, es una verdadera adicta al sexo!’, exclamó uno de ellos mientras embestía con violencia el cuerpo indefenso de la contadora, que gemía y gritaba en un éxtasis incontrolable.

La orgía se prolongó hasta altas horas de la madrugada, cuando finalmente los cuerpos exhaustos se desplomaron sobre la cama, saciados y satisfechos por el exceso de placer. La contadora, desnuda y cubierta de semen, yacía en el centro de la habitación, con una sonrisa de satisfacción pintada en su rostro.

Así terminó la posada, con la contadora convertida en el epicentro de la pasión desenfrenada de sus compañeros de trabajo, quienes la usaron y abusaron de ella sin remordimientos ni límites. Y aunque la resaca y el arrepentimiento llegaron al día siguiente, ninguno pudo borrar de sus mentes la imagen de aquella noche de lujuria desenfrenada y sexo salvaje.