despacito por que me duele le dice la morrita

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La habitación estaba sumida en la penumbra, solo iluminada por la tenue luz del televisor encendido que proyectaba una película porno amateur. El olor a sudor y a sexo impregnaba el ambiente, mezclado con el sonido de gemidos y susurros lascivos. En el centro de la habitación, una joven morrita de cabello oscuro y ojos brillantes estaba arrodillada frente a un hombre mayor, con la verga en la mano y una mirada lujuriosa en sus ojos.

‘Despacito por que me duele,’ le dijo la morrita con voz entrecortada, mientras el hombre le acariciaba el rostro con deseo. Él la observaba con intensidad, disfrutando de la sumisión que ella mostraba en cada gesto.

El hombre, con una sonrisa perversa en los labios, acarició los senos firmes de la morrita por encima de su blusa ajustada, sintiendo su piel caliente y su pezón erecto bajo la tela. Ella gimió suavemente, ansiosa por más, por sentirlo dentro de ella, a pesar del dolor que sabía que le esperaba.

‘Te gusta, ¿verdad, putita? Te gusta que te culee despacito y sin compasión,’ gruñó el hombre, tirando de sus cabellos con fuerza mientras la obligaba a abrir la boca y aceptar su verga dura entre sus labios húmedos.

La morrita comenzó a mamar con ansias, moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás con rapidez, sintiendo cómo su garganta se llenaba con la pija del hombre. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se detuvo, quería satisfacerlo, quería sentirlo dentro de ella y gemir de placer a pesar del dolor.

‘¡Así, así! ¡Métemela toda, morrita sucia! ¡Chupa mi verga como la puta que eres!’ gritó el hombre, embistiendo con fuerza su boca, disfrutando de la sensación de poder y dominio sobre ella.

Después de unos minutos de mamadas intensas, el hombre empujó a la morrita hacia la cama y la puso a cuatro patas, levantándole la falda corta y revelando sus nalgas jóvenes y tersas. Con un movimiento brusco, le arrancó la tanga y le escupió en el ano, preparándola para la cogida anal que se avecinaba.

La morrita jadeaba de excitación y de miedo, sintiendo la verga del hombre presionando contra su entrada trasera, intentando abrirse paso en un movimiento lento y tortuoso. El dolor era intenso, pero el placer que empezaba a sentir también lo era, mezclándose en un torbellino de sensaciones salvajes.

‘¡Ah, sí, cabrón! ¡Me duele, pero me gusta! ¡Cógeme, métemela toda!’ gemía la morrita, arqueando la espalda y moviendo las caderas al compás de las embestidas del hombre.

El hombre la penetraba con fuerza, sintiendo cómo su verga se hundía en lo más profundo de su culo apretado, provocando gemidos y gritos de placer en ambos. El sudor brotaba de sus cuerpos entrelazados, la fricción de piel contra piel generaba una calor intensa que los consumía.

Los minutos se convirtieron en horas, el ritmo de la cogida no cesaba, cada embestida era más potente que la anterior, cada gemido más alto y desesperado. La morrita se aferraba a las sábanas con fuerza, sintiendo el éxtasis acercarse con cada vaivén de la pija del hombre dentro de ella.

‘¡Dame tu leche, cabrón! ¡Llénamelo todo, quiero sentirte venirte dentro de mí!’ suplicó la morrita, sintiendo la venida del hombre aproximarse a pasos agigantados.

El hombre no pudo contenerse más, sintiendo cómo su orgasmo se desataba con una fuerza descomunal. Con un último empujón, se dejó ir en el interior de la morrita, llenándola con su semen caliente y espeso, marcando su territorio y dejando una huella imborrable de lujuria y deseo en sus cuerpos sudorosos y agotados.