La tarde estaba caliente y húmeda, el sol abrasador se colaba por entre las cortinas maltratadas de la habitación donde la colegiala y su amante se encontraban. Ella, con su uniforme escolar desordenado y la mirada de deseo reflejada en sus ojos, se arrodillaba frente a él. Él, un hombre mayor con la mirada lujuriosa y la verga palpitante, le sostenía la cabeza con fuerza mientras le empujaba la pija en la boca.
El sonido de la tela barata de la falda escolar rozando contra el suelo era lo único que se podía escuchar por encima de los gemidos ahogados de placer de la colegiala. El olor a sudor y deseo se impregnaba en el ambiente, aumentando la excitación de ambos.
«¿Te gusta mi verga, putita?» -gritó el hombre, tirando con fuerza del cabello de la colegiala para obligarla a tragar más profundo-. «Sí, papito, me encanta… ¡métemela toda!» -respondió ella con voz entrecortada, con la cara enrojecida por la excitación y el esfuerzo de contener las arcadas.
Después de un rato de mamadas salvajes, el hombre levantó a la colegiala y la lanzó sobre la cama, dejándola tendida con las piernas abiertas y la conchita mojada esperando por ser penetrada. Él se abalanzó sobre ella, hurgando con ansias bajo su uniforme para encontrar el camino a la virgen que estaba por coger.
«Vas a gemir como una perra cuando te penetre, nena» -dijo el hombre con voz ronca, mientras acariciaba las tetas pequeñas de la colegiala, endurecidas por la excitación-. «¡Hazlo, por favor, cógeme ya!» -suplicó la colegiala, con los ojos brillantes de lujuria y deseo desenfrenado.
La pija del hombre se abrió paso lentamente entre los labios húmedos de la colegiala, quien lanzó un gemido ahogado al sentirse invadida. Cada centímetro de la verga era una deliciosa tortura para ella, quien se retorcía de placer bajo el cuerpo musculoso de su amante.
«¡Sí, así, más duro!» -gritaba la colegiala, arañando la espalda sudorosa del hombre con frenesí, mientras los cuerpos se movían en un vaivén entró y salió, culeando sin control en un frenesí de placer desenfrenado.
El sudor corría por la piel de ambos, mezclándose con los gemidos y los susurros obscenos que llenaban la habitación. El hombre embestía con fuerza, llevando a la colegiala al límite una y otra vez, haciéndola estremecer de placer entre gritos y suspiros de éxtasis.
«¡Sí, más fuerte, más rápido!» -exigió la colegiala, clavando las uñas en la carne de su amante y arqueando la espalda en un intento desesperado de encontrar más placer-. «Te voy a hacer acabar tan duro que pedirás mis vergazas por siempre» -respondió el hombre, aumentando el ritmo de sus embestidas con ferocidad.
El orgasmo se acercaba con rapidez, la tensión en el ambiente era palpable, los cuerpos sudorosos y entrelazados se movían en perfecta armonía, llevando a ambos al borde del abismo del placer. La colegiala tuvo un estallido de éxtasis al sentir la venida del hombre dentro de ella, llenándola con su semen caliente y espeso.
Ambos se dejaron caer exhaustos sobre la cama, con la respiración agitada y los cuerpos temblando de satisfacción. La colegiala y su amante se abrazaron con ternura, disfrutando del éxtasis compartido y la complicidad de un secreto compartido.
Al final, entre susurros y caricias, se prometieron volver a encontrarse para repetir la experiencia una y otra vez, con la misma pasión y lujuria desenfrenada que los había unido en esa tarde calurosa y húmeda.







