convenciendo a mi sobrina de coger

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La tarde caía pesada y húmeda sobre la pequeña casa de campo donde Gregorio vivía solo desde que su esposa lo abandonó por un hombre más joven. Sentado en el desvencijado sillón, con una cerveza en la mano, contemplaba a su sobrina, Ángela, una joven de 21 años que se había quedado a vivir con él tras la muerte de su madre. Ángela, con su cuerpo curvilíneo y su cabello castaño sedoso, despertaba en Gregorio una lujuria que no podía controlar. La veía moverse por la casa, vestida con shorts cortos y una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación, y su entrepierna se endurecía instantáneamente.

Ángela, por su parte, había notado la mirada lasciva de su tío sobre su cuerpo y, en lugar de sentir repulsión, una curiosa excitación se apoderaba de ella. A pesar de la incomodidad que le producía la situación, algo en lo más profundo de su ser la atraía hacia Gregorio, despertando deseos prohibidos que la atormentaban por las noches.

Una tarde calurosa, mientras Gregorio arreglaba una vieja estantería en el garaje, Ángela se acercó tímidamente. «Tío, ¿necesitas ayuda con eso?», preguntó, desviando la mirada pero sin poder evitar que su voz temblara ligeramente.

Gregorio se volvió hacia ella, con una sonrisa insinuante en los labios. «Claro, cariño, podrías pasarme el destornillador que está en la mesa», respondió, con una expresión de deseo apenas disimulada en sus ojos.

Ángela se acercó lentamente, sus pechos rozando sutilmente el brazo de su tío mientras le entregaba la herramienta. Una corriente eléctrica recorrió el cuerpo de Gregorio, quien no pudo contenerse más. Sin mediar palabra, la tomó por la cintura y la atrajo hacia él, sus labios buscando los de la joven con avidez.

Ángela, sorprendida pero excitada, correspondió al beso con fervor. Sus lenguas se encontraron en un baile frenético mientras Gregorio la empujaba suavemente contra la estantería, sus manos ansiosas explorando cada rincón de su anatomía juvenil.

«Tío, esto está mal», susurró Ángela entre jadeos, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras al arquearse de deseo bajo las caricias de Gregorio.

«Déjame enseñarte lo bueno que puede ser, sobrinita», murmuró Gregorio, su voz ronca de deseo mientras desabrochaba los botones de la camiseta de Ángela, revelando sus senos firmes y redondos.

La joven gimió al sentir la boca de su tío en sus pezones, chupándolos con avidez, mientras sus manos expertas se deslizaban por sus muslos hasta llegar a la entrepierna húmeda de la muchacha. Ángela se retorcía de placer, entregándose al pecado que los consumía a ambos.

Despojados de toda inhibición, Gregorio y Ángela se adentraron en un torbellino de pasión desenfrenada. La ropa volaba por la habitación, los gemidos se mezclaban con los sonidos de la naturaleza fuera de la casa, creando una sinfonía de lujuria y deseo que envolvía a la pareja en una nube de éxtasis.

«¿Quieres sentir mi verga dentro de ti, sobrinita?», gruñó Gregorio, con los ojos oscurecidos por la pasión mientras posicionaba su erección en la entrada de la concha de Ángela, ansioso por poseerla por completo.

Ángela asintió con fervor, sus ojos brillando de deseo y excitación. Con un brusco movimiento, Gregorio la penetró, llenándola por completo con su miembro endurecido. Ángela gimió de placer, arqueando la espalda y aferrándose a los hombros de su tío mientras él la embestía con ferocidad, en un vaivén salvaje y desenfrenado que los llevaba al borde del abismo.

El sudor cubría sus cuerpos entrelazados, el calor y el olor a sexo impregnaban el ambiente, alimentando la vorágine de placer que los consumía. Ángela se abandonaba al éxtasis, entregándose por completo a la lujuria que la envolvía, mientras Gregorio la conducía hacia un orgasmo arrollador, implacable en su intensidad y duración.

Horas después, exhaustos y saciados, Gregorio y Ángela yacían desnudos en la cama, abrazados en un gesto de complicidad y deseo compartido. El rumor de la naturaleza afuera los acompañaba, su aliento entrecortado era la única banda sonora de su pecado prohibido.