Contratan a una putita pero se la cogen entre dos y ese no fue el trato

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La noche caía sobre la ciudad, el calor se hacía insoportable y la lujuria se apoderaba de aquel pequeño apartamento oscuro y maloliente. Una joven desesperada, Lucía, se encontraba en apuros económicos, por lo que había decidido responder a un anuncio en internet en busca de trabajo como «acompañante». Lo que desconocía era que su empleador, un hombre corpulento y desagradable llamado Fernando, tenía otros planes para ella.

Lucía llegó al apartamento, con la esperanza de ganar algo de dinero fácil. La habitación estaba llena de humo de cigarrillo y alcohol barato, el ruido de la televisión a todo volumen amortiguaba los gemidos que escapaban de las habitaciones contiguas. Fernando la recibió con una sonrisa siniestra y le ofreció una copa de whisky, que ella aceptó con nerviosismo.

Las manos de Fernando comenzaron a rondar por el cuerpo de Lucía, quien intentaba mostrarse indiferente a pesar de la creciente excitación que empezaba a invadir su intimidad. Sin previo aviso, la puerta se abrió de golpe y entró un desconocido, un tipo de aspecto malencarado con una mirada hambrienta. Lucía se sintió atrapada, sabía que algo malo iba a suceder.

‘¿Quién es este extraño?’, preguntó Lucía con voz temblorosa, pero Fernando solo sonrió y le dijo: ‘Este es Julio, mi amigo. Hemos decidido que sería más divertido compartirte esta noche’. La joven se quedó petrificada, sintió un escalofrío recorrer su espalda al comprender lo que aquello significaba.

‘No, esto no estaba en el trato’, balbuceó Lucía, pero su protesta fue acallada por las lenguas voraces de los dos hombres que se abalanzaron sobre ella. La ropa voló por los aires en un frenesí de deseo y desesperación.

Los tres cuerpos sudorosos se enredaron en un torbellino de pasión desenfrenada. Fernando y Julio se turnaban para penetrar a Lucía, quien gemía y suplicaba entre sollozos. ‘¡Por favor, deténganse!’, gritaba ella, pero sus ruegos solo avivaban más la lujuria de aquellos dos depravados.

Cada embestida era más brutal que la anterior, los gemidos se confundían con los sonidos de la noche. Lucía sentía que su cuerpo estaba al borde del abismo, a punto de sucumbir ante el placer prohibido que le estaban imponiendo. Los hombres la sujetaban con fuerza, como si temieran que escapara de aquel infierno de lujuria desenfrenada.

‘Te gusta, ¿verdad, putita?’, susurraba Fernando al oído de Lucía, mientras Julio la penetraba sin piedad por detrás. Ella gimoteaba entre lágrimas y gemidos de dolor y placer, sintiendo su mente nublarse por la intensidad de las sensaciones que la invadían.

El sudor empapaba sus cuerpos entrelazados, el olor a sexo llenaba la habitación, el sonido de los cuerpos chocando resonaba en las paredes. Lucía estaba siendo sometida a una experiencia que jamás había imaginado, su cuerpo era un campo de batalla donde la lujuria y el miedo se entrelazaban en una danza macabra.

Los minutos se convirtieron en horas, el sexo se tornó en una maratón de depravación donde cada participante luchaba por alcanzar el clímax. Fernando y Julio intercambiaban miradas cómplices, sabían que estaban llevando a Lucía al límite de sus fuerzas, pero no parecían dispuestos a detenerse.

Finalmente, el éxtasis llegó en un torrente de placer incontenible. Lucía sintió como un orgasmo devastador la sacudía de pies a cabeza, sus gritos de éxtasis se perdieron en la noche mientras el semen de los dos hombres se derramaba sobre su cuerpo exhausto.

Al amanecer, Lucía se vistió en silencio y abandonó el apartamento. Nunca volvió a ver a Fernando ni a Julio, pero el recuerdo de aquella noche de lujuria y desenfreno la persiguió durante mucho tiempo, marcando su alma con la sombra de la depravación que había experimentado.