contrata a una prostituta culona y primero le dice que se masturbe sola

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La habitación estaba cargada de un olor a sexo barato y desesperación. La luz tenue apenas iluminaba a la prostituta culona que esperaba impaciente en la cama, con su escasa ropa interior revelando unos pechos caídos y un culo enorme. El sudor perlaba su frente mientras sus ojos lujuriosos se clavaban en el cliente, ansiosa por comenzar el show.

‘¿Qué esperas, papi? ¿Vas a mirar o vas a cogerme como se debe?’, susurró la prostituta con voz ronca, incitando al hombre a actuar.

Él se acercó lentamente, disfrutando del morbo de la situación. ‘Primero quiero verte tocándote, calentando ese coño para mí’, ordenó con tono dominante, saboreando la sumisión de la mujer.

La prostituta, sin titubear, comenzó a acariciarse sensualmente, deslizando sus manos por sus curvas, sus pezones erectos y su entrepierna húmeda. Sus gemidos falsos llenaban la habitación, aumentando la tensión sexual entre ambos.

‘¡Así, así! ¡Mastúrbate como la puta que eres!’, gruñó el hombre excitado, observando cada movimiento lascivo de la mujer con avidez.

Sus dedos se adentraron en su vagina dilatada, provocando sonidos obscenos que resonaban en el sucio cuarto. La prostituta cerró los ojos, concentrada en su propio placer, mientras el cliente se deleitaba con el espectáculo de lujuria desenfrenada.

El hombre se acercó más, sintiendo la excitación invadirlo por completo. ‘¡Quiero ver cómo te vienes para mí, zorra!’, exigía con voz autoritaria, incitando a la mujer a alcanzar el clímax ante sus ojos ávidos.

Los movimientos de la prostituta se volvieron frenéticos, su cuerpo temblando de deseo mientras sus gemidos se intensificaban. Los fluidos de su excitación se derramaban sin pudor, mojando el colchón y aumentando la lujuria en la habitación.

‘¡Oh, sí! ¡Ahí viene mi venida, cabrón!’, gritó la prostituta en éxtasis, sintiendo cómo el placer la invadía por completo, desencadenando un orgasmo salvaje que la dejó temblando y exhausta.

El hombre, excitado al límite, no pudo contenerse más. Se abalanzó sobre la prostituta, dispuesto a satisfacer sus deseos más oscuros y pervertidos. ‘Es hora de que realmente me cuezas, perra’, murmuró antes de penetrarla con fuerza, provocando gemidos de dolor y placer en la mujer sometida.

Los cuerpos se fundieron en un baile salvaje de culeadas desenfrenadas, con el sonido de la carne chocando llenando la habitación. La prostituta culona era ahora un mero objeto de deseo y placer, sometida a los caprichos del hombre que la poseía sin piedad.

‘¡Sí, sí! ¡Cógeme como la puta que soy! ¡Hazme sentir tu verga hasta el fondo!’, imploraba la mujer, entregada por completo a la lujuria y al sexo desenfrenado que los consumía.

El hombre embestía sin control, disfrutando del estrecho calor de la concha de la prostituta, sintiendo cómo su pija era devorada por el deseo y la lujuria desenfrenada. Los gemidos, los gritos y los suspiros se mezclaban en un torbellino de pasión y depravación.

El sexo anal era el siguiente paso en esta danza de perversiones. ‘¡Quiero ese culo! ¡Dámelo ahora mismo!’, exigía el hombre con una lujuria desbordante, ansioso por poseer cada centímetro de la prostituta culona que se retorcía de placer bajo él.

Con un movimiento brusco, el hombre penetró el ano dilatado de la mujer, provocando un grito agudo que se perdió en la habitación. El dolor se mezclaba con el placer, creando una sinfonía de sensaciones extremas que los consumía por completo.

‘¡Sí, sí, sí! ¡Métemela toda! ¡Hazme tuya por completo! ¡Cógeme el culo hasta dejarme sin aliento!’, suplicaba la prostituta, entregada al éxtasis de la culeada anal que la llevaba al límite del placer.

La intensidad aumentaba con cada embestida, cada gemido, cada susurro lascivo. El sudor, la saliva y los fluidos se mezclaban en una danza sucia y depravada que culminaba en la venida final, en la explosión de deseo que los consumía por completo.