Colegiala se la chupa al prefecto para que no la reporte

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La colegiala estaba desesperada. Había llegado tarde a la escuela y el prefecto la había atrapado en plena infracción. Con su faldita corta y ajustada, se veía aún más provocativa de lo habitual. El sudor perlaba su frente mientras se mordía el labio inferior, sabiendo que solo una cosa podría salvarla de ser reportada: ceder a los deseos del autoritario funcionario.

‘¡Por favor, no me delates!’, suplicó la colegiala con voz temblorosa, arrodillándose frente al hombre mayor. ‘Haré lo que quieras’, murmuró, notando la mirada lujuriosa del prefecto sobre sus pechos apenas cubiertos por la blusa blanca.

El hombre sonrió con malicia, desabrochándose el pantalón con prisas. ‘Entonces demuéstramelo’, ordenó, sacando su verga erecta y abultada. ‘Mámala como la zorra que eres y te ahorraré el castigo’, gruñó, empujando la cabeza de la colegiala hacia su entrepierna.

La joven obedeció sin dudarlo, tomando la pija del prefecto entre sus labios húmedos y comenzando a chupar con ansias, sintiendo el sabor salado de su piel mientras las lágrimas de humillación se mezclaban con la saliva en su mentón.

‘¡Así, así, traga mi leche, putita!’, gemía el hombre, agarrando con fuerza el cabello de la colegiala y empujando su verga hasta el fondo de su garganta, provocando arcadas y lágrimas en sus ojos.

El sonido de la mamada resonaba en el pequeño despacho, donde la colegiala se esforzaba por complacer al prefecto para evitar las consecuencias de su tardanza. Los gemidos y gruñidos se mezclaban con el ruido de la cremallera bajándose y el roce de la falda subiendo, revelando muslos temblorosos y entreabriendo la puerta a un deseo más prohibido.

‘¡Ahora ponte a cuatro patas, zorra!’, ordenó el prefecto con voz ronca, empujando a la colegiala hacia el escritorio y levantándole la falda con brusquedad. ‘Te voy a coger como te mereces, por puta y desobediente’, gruñó, separando las nalgas de la joven y preparándose para la embestida.

La colegiala se estremeció al sentir la verga gruesa del hombre presionando contra su concha húmeda, abriéndose paso sin miramientos, llenándola y estirándola en una mezcla de placer y dolor que la hacía gemir sin control.

‘¡Sí, sí, cógeme, soy tu puta!’, gritaba la joven, sintiendo el vaivén de las embestidas cada vez más fuertes y profundas, clavándose en su interior como un animal en celo sin compasión ni tregua.

El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclado con el ruido de la mesa golpeando la pared y los gemidos cada vez más salvajes de la colegiala sometida al deseo del prefecto, entregándose a la lujuria más vil y desenfrenada.

‘¡Sí, sí, así, dame bien duro, rompe mi culo!’, suplicaba la joven, sintiendo la verga del hombre adentrándose en su entrada trasera, abriéndola y penetrándola con una intensidad que la hacía ver estrellas y gritar de placer y dolor al mismo tiempo.

El prefecto embestía con fuerza, sin piedad, gozando de la sumisión y entrega de la colegiala que se retorcía y gemía bajo su cuerpo, sintiendo cada embestida abrir nuevas fronteras de placer inexplorado y prohibido.

Los fluidos se mezclaban, el sudor empapaba sus cuerpos entrelazados en una danza de lujuria y rendición, donde el dolor y el placer se fusionaban en una espiral de sensaciones indescriptibles, llevando a la colegiala al borde del abismo del éxtasis más absoluto y oscuro.

‘¡Voy a venirme, putita, traga mi semen!’, anunció el prefecto con voz ronca, sacando su verga de la concha de la joven y dejando que la venida caliente y espesa inundara su rostro y sus labios entre gemidos y espasmos de placer desenfrenado.

La colegiala recibió la descarga con sumisión, saboreando el sabor salado del semen en su boca y en su piel, sintiéndose poseída y marcada por el hombre que ahora la miraba con satisfacción y lujuria en sus ojos.