cogiendo a una morrita flaquita en la cocina de su casa y por poco los cachan xD

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La tarde caía sobre la ciudad con una calidez húmeda y el aroma a comida recién hecha impregnaba los pasillos del edificio de apartamentos. En uno de esos departamentos, en el último piso, vivía Laura, una morrita flaquita de piel suave y ojos traviesos. Era viernes y su casa estaba vacía, sus padres aún trabajando y sus hermanos en la escuela. Laura se sentía inquieta, caliente, con un hormigueo en el cuerpo que solo podía calmarse de una manera: con una buena cogida.

En la cocina de su casa, con las cortinas semiabiertas y el sol que se colaba por las ventanas, Laura esperaba ansiosa a Carlos, su vecino de al lado y amigo con derecho a roce. Carlos, un chico fornido con una pija gruesa y vigorosa, había recibido el mensaje de Laura minutos antes y se había dirigido casi corriendo hacia su departamento, con la bragueta apretada y las ganas de cogerle a Laura palpitando en su entrepierna.

El reloj marcaba las tres de la tarde cuando Carlos entró sigiloso en la cocina, encontrando a Laura recargada en la mesada, con su playera ajustada marcando sus tetas pequeñas y su shorts corto dejando al descubierto sus piernas largas y delgadas. Sin mediar palabras, Carlos se acercó a ella, rodeándola con sus brazos robustos, sintiendo el calor de sus cuerpos juntos y el deseo que los consumía.

‘¿Quieres coger, morrita?’ susurró Carlos en el oído de Laura, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda. ‘Sí, coge a tu putita, hazme tuya’, respondió Laura con una voz entrecortada por la excitación. Las manos de Carlos comenzaron a explorar el cuerpo de Laura, deslizándose por su piel suave, acariciando sus senos y apretando sus nalgas con fuerza.

Con una urgencia desenfrenada, Carlos desabrochó el shorts de Laura y lo bajó lentamente, dejando al descubierto su concha húmeda y ansiosa. Sin pensarlo dos veces, se arrodilló frente a ella y comenzó a devorarla con ansias, su lengua ávida explorando cada pliegue, cada rincón de su sexo palpitante. Laura se aferraba a la mesada, gimiendo y retorciéndose de placer, sintiendo cómo su cuerpo se encendía con cada lamida, con cada succión de Carlos.

‘¡Sí, sigue mamando, chupa mi conchita mojada!’ gemía Laura, mientras Carlos intensificaba sus embestidas, sumergiéndose en ella con voracidad, llevándola al borde del abismo una y otra vez. Cada succión, cada chupada, hacía que Laura se retorciera de placer, que sus piernas temblaran y su respiración se acelerara, indicando que el orgasmo estaba cerca.

Con un gemido ahogado, Laura se dejó llevar por la oleada de placer, su cuerpo convulsionando, su concha apretando los labios de Carlos con fuerza. El sabor salado de su venida inundaba la boca de Carlos, que bebía cada gota con ansias, saboreando su esencia y disfrutando del éxtasis compartido en la cocina de Laura.

Recuperando el aliento, Laura se giró hacia Carlos, con una mirada lujuriosa en sus ojos y una sonrisa traviesa en sus labios. ‘Ahora quiero sentir tu verga, metemela hasta el fondo’, murmuró Laura, acercándose a él y desabrochando su pantalón con habilidad. La verga de Carlos saltó liberada de su prisión, dura y ansiosa, lista para adentrarse en el calor de Laura.

Con un gemido gutural, Carlos tomó a Laura de las caderas y la levantó, posiciónándola contra la mesada. Sin más preámbulos, la penetró con fuerza, sintiendo cómo su verga se abría paso en la estrechez de su concha, encontrando el calor y la humedad que tanto ansiaba. Juntos, en un frenesí de caderas y gemidos, se entregaron al placer desenfrenado, sin importarles el tiempo ni el espacio.

‘¡Sí, cógeme duro, fóllame sin compasión!’ gritaba Laura, mientras Carlos embestía una y otra vez, llevándola al límite de la razón, haciéndola sentir cada centímetro de su pija adentrándose en su interior. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la cocina, mezclándose con los gemidos y gritos de placer que escapaban de sus gargantas.

Los minutos se desvanecieron en un torbellino de deseo desenfrenado, de piel sudada y gemidos ahogados, hasta que finalmente, con un rugido gutural, Carlos se dejó llevar por el éxtasis, su verga palpilando dentro de Laura, liberando su semen en un torrente ardiente que la inundó, marcándola como suya, como la morrita flaquita que había culeado en la cocina de su casa, a punto de ser cazados in fraganti.