cogiendo a una morrita colegiala despues de la escuela

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La tarde caía sobre la ciudad cuando Diego vio a la morrita colegiala salir de la escuela. Con su uniforme ajustado y la falda corta, de inmediato sintió la sangre hervir en sus venas. Ya había fantaseado con ella en más de una ocasión, esa jovencita de mirada traviesa y curvas provocativas. Cada tarde, se cruzaban en la misma esquina y esa vez decidió dar el paso. Le propuso que lo acompañara a su departamento y, para su sorpresa, la morrita aceptó con una sonrisa pícara en los labios.

El apartamento de Diego era modesto, con muebles viejos y un olor a humedad que se colaba por las rendijas de las ventanas. Sin embargo, la morrita no parecía importarle el lugar. Estaba ansiosa por quitarse la ropa y entregarse al deseo que ambos compartían. Diego la miraba con lujuria, acariciando cada centímetro de su cuerpo con la mirada.

«¿Te gustaría un trago?», le ofreció Diego mientras servía dos vasos de whisky barato. La morrita asintió, bebiendo de un sorbo el licor ardiente que le quemaba la garganta. La excitación crecía en el ambiente, palpable, como una promesa de placer inminente.

Se acercó a ella, rodeándola con sus brazos fuertes y la morrita se dejó llevar, hundiendo su rostro en el cuello de Diego y aspirando su aroma viril. Sus manos se deslizaron por su espalda, acariciando la piel desnuda bajo la blusa blanca. Los gemidos comenzaron a escapar de sus labios entreabiertos, un susurro de deseo que los embriagaba a los dos.

«¿Te gustaría que te muestre lo que puedo hacer con mi lengua?», murmuró Diego al oído de la morrita, quien asintió con los ojos brillantes de lujuria. Sin más preámbulos, la empujó suavemente hacia el sofá y se arrodilló entre sus piernas.

Con mano temblorosa, levantó la falda de la colegiala y contempló extasiado la visión de su entrepierna cubierta por una diminuta tanga rosa. Sin mediar palabras, deslizó la prenda a un lado y hundió su rostro entre sus muslos, saboreando el néctar de la lujuria que emanaba de ella.

Los gemidos se intensificaron, mezclándose con el sonido de succionar y lamer con ansia. La morrita se retorcía de placer, aferrándose al cabello de Diego mientras sus caderas se contoneaban en búsqueda de mayor contacto.

«¡Coge tu verga y métela de una vez!», jadeó la morrita entre gemidos. El deseo la consumía y estaba lista para entregarse por completo a la pasión desenfrenada que los envolvía.

Diego no se hizo esperar y, sin dudarlo ni un instante más, se quitó los pantalones y liberó su pija erecta y deseosa de placer. La morrita lo observó con ojos vidriosos y una sonrisa perversa en los labios. Se acomodó en el sofá, ofreciéndole su culo apretado y ansioso de ser penetrado.

Con un gruñido gutural, Diego se abalanzó sobre ella, enterrando su verga en lo más profundo de su concha húmeda y caliente. Ambos gemían en una danza salvaje de caderas y sudor, entregados al frenesí del deseo que los unía en un torbellino de pasión desenfrenada.

«¡Así, así! ¡Cógeme con fuerza, papi!», gritaba la morrita, arqueando su espalda y ofreciéndose sin reservas al placer que la consumía por completo.

Los cuerpos chocaban con violencia, produciendo un ritmo frenético que los llevaba al borde del abismo del éxtasis. Diego embestía una y otra vez, sintiendo cómo el calor de su cuerpo se mezclaba con el de la morrita en una sinfonía de placer inigualable.

El sudor perlaba sus frentes, el aire se llenaba de gemidos y el sofá crujía con el vaivén de sus cuerpos enlazados en una danza carnal que los transportaba a un lugar más allá del tiempo y el espacio.

Finalmente, el clímax los alcanzó en un estallido de placer indescriptible. La morrita se retorció bajo el peso de Diego, mientras este se dejaba llevar por la vorágine de sensaciones que lo embargaban por completo.

Con un último gemido gutural, Diego se dejó caer sobre ella, exhausto pero satisfecho. La morrita lo abrazó con ternura, sintiendo el latido acelerado de su corazón y la calidez de su cuerpo pegado al suyo.

Así, entre susurros de amor y promesas de encuentros futuros, la tarde dio paso a la noche, envolviendo sus cuerpos desnudos en un abrazo eterno de pasión y deseo.