cogiendo a una chavita colegiala de prepa

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La habitación era pequeña y estaba decorada con posters de bandas de rock y un espejo medio roto en una esquina. La luz tenue provenía de una lámpara de pie con la pantalla desgarrada. Un olor a sudor y a tabaco saturaba el aire, haciendo que los sentidos se despertaran con intensidad.

La chavita colegiala de prepa se encontraba de pie frente al chico, Lucio, un chico rudo de la misma escuela. Sus uniformes escolares estaban desordenados, las faldas subidas y las camisetas medio desabrochadas. Ambos estaban calientes, con el deseo apremiante de la juventud que los consumía. Se habían escapado del colegio y terminaron en ese antro mugriento en busca de algo más que aburridas clases.

Lucio la miró con deseo perverso en sus ojos, sus manos grandes agarraron su cintura de forma brusca, haciéndola sentir vulnerable y excitada al mismo tiempo. Los labios de la colegiala temblaban de anticipación mientras él la empujaba suavemente hacia la cama desgastada que ocupaba el centro de la habitación.

«Eres tan puta, chavita. Sabes que te gusta que te traten así, ¿verdad?», susurró Lucio con voz ronca mientras le arrancaba la blusa con impaciencia.

Ella asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra. Su respiración se aceleró cuando Lucio empezó a besar su cuello con ferocidad, dejando marcas rojas de deseo en su piel.

Los gemidos de la colegiala resonaban en la habitación, mezclándose con los sonidos de la ciudad exterior. Lucio la empujó hacia abajo, obligándola a arrodillarse frente a él. Sin titubear, ella desabrochó el cinturón de Lucio y sacó su verga dura y palpitante, lista para la acción.

«Métemela toda en la boca, putita. Quiero que me hagas venir como la zorra que eres», ordenó Lucio, sujetando su cabello con fuerza.

La colegiala obedeció sin dudar, tomando la verga de Lucio en su boca y comenzando a mamársela con avidez, moviendo su lengua con destreza y sintiendo cómo él se endurecía aún más en su interior. Los sonidos de succión llenaban la habitación, generando un ambiente de lujuria desenfrenada.

Después de unos minutos de mamada intensa, Lucio apartó bruscamente a la colegiala y la empujó hacia la cama, haciéndola caer en posición de perrito. Sin esperar, se abalanzó sobre ella, separando sus nalgas con firmeza y posicionando su verga en la entrada de su concha empapada.

«¡Vamos, perrita! ¿Quieres que te coga bien rico, verdad?», gruñó Lucio mientras la penetraba con fuerza, haciéndola soltar gemidos de placer y dolor al mismo tiempo.

El vaivén frenético de sus caderas resonaba en la habitación, haciendo crujir la cama con cada embestida. Los cuerpos sudorosos se fundían en un baile de pasión desenfrenada, con la colegiala aferrándose a las sábanas con desesperación y Lucio dominándola con su fuerza bruta.

El placer los consumía, envolviéndolos en una vorágine de sensaciones intensas y prohibidas. La colegiala gimió más fuerte, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba a pasos agigantados, mientras Lucio la embestía sin piedad, llevándola al borde del abismo del placer.

«¡Sí, sí, sigue cogiéndome así, Lucio! ¡Métemela más duro, más profundo!», gritaba la colegiala, con los ojos llenos de deseo y lujuria desenfrenada.

Los movimientos se volvieron más salvajes, más desesperados, como dos animales en celo que se entregaban por completo al maldito éxtasis del sexo desenfrenado. Cada embestida era una declaración de pasión ardiente, una fusión de cuerpos jóvenes y vibrantes en busca de satisfacción.

Finalmente, en un crescendo de placer incontenible, Lucio y la chavita colegiala de prepa alcanzaron juntos el clímax, fundiéndose en un abrazo apasionado mientras el éxtasis los envolvía en una cascada de sensaciones indescriptibles.

El sudor resbalaba por sus cuerpos entrelazados, el aire pesado de la habitación resonaba con los gemidos de placer, y el mundo exterior quedaba suspendido en un momento de pura y cruda pasión carnal.