cogiendo a mi comadre en la amaca

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La tarde se cernía sobre la pequeña y calurosa casa de campo. Los rayos del sol se filtraban entre los árboles y el sonido de los grillos acompañaba el ambiente agobiante. Dentro de la humilde morada, se encontraban Juan y María, comadres de toda la vida. Ambos se hallaban en la sala, rodeados de muebles destartalados y una hamaca vieja que colgaba del techo, meciéndose suavemente. La tensión sexual entre ellos era palpable, palpable como el sudor que perlaba sus frentes en aquella tarde ardiente.

María, una mujer de curvas generosas y ojos chispeantes, miraba a Juan con deseo, acariciándose los labios con una mirada lasciva. Juan, por su parte, no podía apartar los ojos de las voluptuosas curvas de su comadre, sintiendo cómo su entrepierna se endurecía con cada segundo que pasaba.

El aire estaba cargado de electricidad, de deseo reprimido que amenazaba con desbordarse en cualquier momento. Sin mediar palabra, Juan se acercó a María y la tomó en sus brazos, atrayéndola hacia él con fuerza. Sus bocas se encontraron en un beso voraz, lleno de pasión y lujuria desenfrenada.

‘¡Oh, por Dios, Juan! ¡Me tienes tan caliente!’, susurró María con voz entrecortada mientras se acariciaba los pechos por encima de la blusa floral que llevaba puesta. Juan respondió con un gruñido gutural y comenzó a desabrocharle la blusa, liberando sus pechos pesados y provocativos.

La tela cayó al suelo con un susurro apenas perceptible, dejando al descubierto los pechos de María, coronados por unos pezones oscuros y erectos de deseo. Juan los tomó en sus manos ávidas y los apretó con fuerza, sintiendo la textura suave y cálida de su piel bajo sus dedos.

‘¡Dios mío, María, tienes unas tetas maravillosas!’, exclamó Juan con la voz entrecortada por el deseo. María gimió de placer y arqueó la espalda, ofreciéndole sus pechos en toda su esplendorosa gloria. Juan no pudo resistir la tentación y se inclinó para lamer y chupar los pezones de su comadre, alternando entre uno y otro con maestría.

Los gemidos de María llenaban la habitación, mezclándose con el sonido de la hamaca que crujía con cada movimiento que hacían. El sudor perlaba sus cuerpos desnudos, resbalando por sus pieles calientes y ungiéndolos en un brillo lujurioso.

‘…continuará…