chavita de prepa primero no queria coger pero despues coge como endemoniada

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La chavita de prepa se encontraba en su habitación, en un arrabal de la ciudad. La ropa sucia tirada en el suelo, el olor a humedad en el aire y el sonido de la televisión de fondo creaban un ambiente denso y cargado de deseo. Había estado coqueteando con su vecino, un chico rudo de cabello desaliñado y mirada felina, desde hacía semanas. Al principio, se resistía a la idea de coger con él, pero algo en su mirada y en la forma en que la tocaba la hacía arder por dentro.

La chavita estaba nerviosa, su corazón latiendo con fuerza mientras el chico se acercaba a ella con una sonrisa pícara en el rostro. Sus manos ásperas recorrieron su espalda, enviando escalofríos por todo su cuerpo. «¿Temes coger, chiquita?», susurró él en su oído, haciendo que se estremeciera de deseo. «No temo nada», respondió ella con voz entrecortada, desafiante.

El chico la empujó suavemente contra la cama, sus labios hambrientos buscando los de ella con ansias. Se besaron con pasión desenfrenada, sus lenguas enredándose en un baile de deseo desenfrenado. La ropa voló por la habitación, dejando al descubierto la piel palpitante de la chavita y la dureza de la verga del chico.

«¿Te gusta esto, eh?», gruñó él mientras acariciaba sus tetas firmes con avidez. La chavita gemía de placer, arqueando la espalda para ofrecerse más a sus caricias. «Sí, me encanta», respondió ella entre jadeos, sus manos explorando la pija dura que se erguía frente a ella.

El chico la tumbó en la cama, su boca hambrienta recorriendo cada centímetro de su piel. Besó su cuello, sus pezones endurecidos, su ombligo, hasta llegar a la concha empapada de la chavita. Con maestría, comenzó a lamer y chupar su sexo, haciendo que ella se retorciera de placer.

«¡Dame verga, por favor!», suplicó la chavita, entregada al deseo más primitivo. El chico se alzó sobre ella, su verga goteando precum de excitación. Sin decir una palabra, la penetró con fuerza, haciéndola gemir y arañar la espalda de placer.

El sexo entre ellos era salvaje, frenético, como dos animales en celo. Cogían con una pasión desenfrenada, sus cuerpos sudorosos moviéndose al compás de un ritmo ancestral. La chavita gemía y gritaba, perdida en un mar de sensaciones abrumadoras.

«¡Sí, cógeme más fuerte! ¡No pares, por favor!», gritaba la chavita, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba con rapidez. El chico la embestía con más fuerza, sus gemidos de placer mezclándose con los de ella en un dueto obsceno y delicioso.

Y entonces, en un estallido de placer incontenible, la chavita alcanzó el clímax, su cuerpo temblando de éxtasis mientras el chico seguía cogiéndola con frenesí. El orgasmo los envolvió en una nube de placer indescriptible, haciéndolos gemir y jadear en un éxtasis compartido.

Después de coger como endemoniados, la chavita y el chico se abrazaron con fuerza, sus cuerpos sudorosos y agotados reconociendo la intensidad del momento compartido. Se miraron a los ojos, sonriendo con complicidad, sabiendo que habían descubierto en el otro un placer incomparable.