chavita colegiala borracha se queda dormida y el amigo aprovecha para ponerla a mamar

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La tarde caía sobre la ciudad, y la chavita colegiala se sentía excitada. Había pasado la tarde con sus amigos en una fiesta, bebiendo más de la cuenta y bailando al ritmo de la música. Su uniforme escolar le quedaba ajustado, marcando sus curvas juveniles y provocando miradas lujuriosas de los chicos que la rodeaban. Entre risas y tragos, la joven se sentía embriagada por el alcohol y la emoción de la noche.

El amigo, un chico mayor y experimentado, observaba de cerca a la colegiala. Había deseado a esa chica desde que la vio por primera vez en la escuela, con su cabello largo y su piel suave. La oportunidad se presentó cuando ella, ya ebria y cansada, se sentó en un sillón y cerró los ojos, entregándose al sueño profundo. Sin pensarlo dos veces, el amigo se acercó sigilosamente y comenzó a acariciar los muslos de la joven, despertando en ella una excitación incontrolable.

Los gemidos de la chavita resonaban en la habitación, mezclándose con el sonido de la música que aún se escuchaba de fondo. El amigo, aprovechando la situación, desabrochó lentamente la blusa de la colegiala, revelando sus pechos firmes y rosados. Sus manos ávidas exploraron cada rincón de su cuerpo, provocando escalofríos de placer en la indefensa chica.

«¿Qué estás haciendo?», murmuró la chavita entre gemidos, sintiendo un fuego ardiente en su entrepierna. El amigo, sin decir una palabra, respondió con un beso apasionado que la sumergió en un torbellino de sensaciones. Sus lenguas se entrelazaron en un baile lascivo, prometiendo una noche de lujuria desenfrenada.

Con manos expertas, el chico desabrochó el pantalón de la colegiala, liberando su sexo húmedo y deseoso. La chica gimió de placer al sentir los dedos del amigo explorando su interior, acariciando cada rincón de su intimidad. La excitación crecía a cada segundo, empujando a la chavita hacia un abismo de deseo incontrolable.

«Por favor, por favor…», susurraba la joven, rogando por más. El amigo, sin compasión, se arrodilló entre las piernas de la colegiala y comenzó a lamer su sexo con ansia desenfrenada. Los gemidos se intensificaron, llenando la habitación con el sonido del placer prohibido.

La chavita se retorcía de placer, sus manos aferradas a los cojines del sofá mientras el amigo exploraba cada pliegue de su sexo con devoción. Cada lamida, cada succión la acercaba más al límite, haciendo que su cuerpo temblara de éxtasis.

«¡Más, dame más!», gritó la colegiala, en un arranque de deseo puro. El amigo obedeció, introduciendo sus dedos en el interior de la joven y acelerando el ritmo de sus caricias. Los jadeos se convirtieron en gritos de placer, anunciando el inminente orgasmo que se acercaba con furia desatada.

Finalmente, la chavita colegiala alcanzó el clímax, su cuerpo convulsionando de placer mientras el amigo la llevaba al borde del abismo una y otra vez. Los gemidos se desvanecieron en un susurro de éxtasis, dejando a la joven exhausta y satisfecha en manos del chico que había aprovechado su vulnerabilidad.

La noche continuó con sus secretos inconfesables, entre gemidos sofocados y susurros de deseo. La chavita colegiala había caído en la trampa del amigo, entregándose a un placer prohibido que la sumergió en un mar de sensaciones desconocidas. Y así, en la penumbra de la habitación, se consumó un acto de lujuria que nunca olvidarían.