La chibola se deja coger por gordo en su casa

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La chibola, una jovencita de apenas 18 años, se encontraba en su casa esa tarde calurosa de verano. Vestía un diminuto short que apenas cubría su trasero respingón y una blusa ajustada que resaltaba sus voluptuosas tetas. El sudor perlaba su frente mientras limpiaba la mesa del comedor, ajena al peligro que se cernía sobre ella.

De repente, el gordo desagradable de la cuadra, un cerdo de mediana edad con una verga flácida y sudorosa, irrumpió en la casa sin previo aviso. La chibola, sorprendida, intentó gritar, pero una mano gorda y sucia le tapó la boca. ‘¡Shh, no hagas ruido, putita!’, gruñó el gordo con voz ronca, haciéndola temblar de miedo y excitación.

El cerdo sudoroso la empujó con fuerza sobre la mesa, arrojando al suelo los platos y cubiertos. ‘Ahora vas a coger conmigo, nena’, dijo con una sonrisa maliciosa, desabrochando su pantalón y sacando su verga flácida y sucia, lista para la acción.

La chibola, con lágrimas en los ojos y el corazón latiéndole con fuerza, se resignó a su destino. ‘¡No, por favor!’, suplicó, pero el gordo no le dio opción. La tomó brutalmente por el cabello y la obligó a arrodillarse frente a su miembro asqueroso. ‘¡Mama mi verga, puta!’, ordenó con voz autoritaria, empujando su pija sucia hasta lo más profundo de su garganta.

La chibola, sintiendo arcadas y lágrimas mezcladas con saliva, se atragantaba con la verga del gordo, quien gemía de placer con cada embestida. ‘¡Así me gusta, putita sumisa!’, exclamó, sintiendo cómo la pija se endurecía en su boca sucia y caliente.

Después de un rato de mamadas forzadas y humillantes, el gordo decidió pasar a la siguiente fase. Levantó a la chibola con brusquedad y la inclinó sobre la mesa, levantándole el short y dejando al descubierto su culo perfecto y firme. ‘¡Ahora te voy a coger a lo bestia, zorra!’, gruñó mientras escupía en su mano y lubricaba su verga con la saliva asquerosa.

La chibola gritó de dolor y placer al sentir la verga sucia del gordo penetrándola sin compasión. ‘¡Sí, cógete mi culo, gordo repugnante!’, gemía entre sollozos, sintiendo cómo cada embestida la llenaba de un placer prohibido y humillante.

El gordo, sudando a mares y emitiendo gruñidos guturales, seguía culeando a la chibola con una vehemencia primitiva. Los gemidos de la jovencita resonaban en toda la casa, mezclándose con los sonidos de la verga entrando y saliendo de su concha apretada y húmeda.

Entre jadeos y palabras soeces, la chibola se dejaba llevar por la lujuria y el morbo del momento. ‘¡Más fuerte, más duro, métemela toda!’, imploraba con desesperación, sintiendo cómo el placer la invadía a pesar de la brutalidad del acto.

El gordo, sintiendo que el éxtasis estaba cerca, decidió llevar las cosas al límite. Sin previo aviso, sacó su verga del culo de la chibola y la colocó en su entrada trasera. ‘¡Te voy a coger por el culo, putita!’, anunció con voz ronca, embistiendo con fuerza y sin piedad.

La chibola, sintiendo una mezcla de dolor y placer indescriptible, se aferraba a la mesa mientras era sodomizada brutalmente por el gordo asqueroso. ‘¡Sí, dame por el culo, soy tu puta!’, gritaba entre gemidos, sintiendo cómo la verga sucia la abría y la invadía hasta lo más profundo.

Los gritos, gemidos y sonidos de piel golpeando piel llenaban la casa, creando una sinfonía grotesca de placer y depravación. La chibola, entregada por completo al gordo repugnante, alcanzó un orgasmo salvaje y desenfrenado que la dejó temblando y exhausta.

Finalmente, con un gruñido gutural y una última embestida salvaje, el gordo se corrió dentro del culo de la chibola, llenándola de semen caliente y viscoso. ‘¡Toma mi venida, putita sucia!’, exclamó mientras se retiraba, dejando a la chibola tirada sobre la mesa, cubierta de sudor, saliva y semen.