La convence de que se la chupe en el parque y despues la quiere coger

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El sol del mediodía golpeaba fuerte sobre el parque, haciendo que el calor se adhiriera a la piel de ambos. Ella lucía un top ajustado que resaltaba sus tetas sudorosas, mientras él no podía apartar la mirada de su culo apretado en unos shorts diminutos. La excitación crecía en el aire, palpable como una tensión sexual inminente.

‘¿Te gustaría probar algo emocionante?’ susurró él con una sonrisa perversa, acercándose a ella con descaro. ‘Vamos a un lugar más apartado y te mostraré lo que es realmente divertido’.

Entre risas nerviosas y excitación mutua, se adentraron en un rincón menos concurrido del parque, donde la vegetación ofrecía cierto grado de privacidad. Sin mediar palabra, él sacó su verga erecta y se la ofreció, desafiante, a su boca entreabierta y deseosa.

‘¡Mámala, zorra! ¡Quiero sentir tu garganta apretando mi pija hasta el fondo!’, ordenó él con voz ronca, disfrutando del poder que ejercía sobre ella.

Ella obedeció sin titubear, sintiendo el sabor salado de su glande mientras lo chupaba con avidez, ansiosa por complacerlo y excitarse aún más. Los gemidos entrecortados se mezclaban con el canto de los pájaros y el crujir de las ramas bajo sus pies, creando una sinfonía obscena en medio del parque tranquilo.

Después de una mamada intensa y salvaje, él la empujó contra un árbol, levantándole la falda y dejando al descubierto su concha húmeda y ansiosa. Sin dudarlo, la penetró con fuerza, haciéndola gemir de placer y dolor simultáneamente.

‘¡Cogida como la puta que eres, te gusta, ¿verdad?!’, le gritó él, embistiendo su cuerpo con violencia, sin contemplaciones.

Los cuerpos sudorosos se fundían en un vaivén frenético de lujuria desenfrenada, donde cada embestida era un grito de pasión y deseo incontrolable. La piel se erizaba con cada roce, los gritos se entremezclaban con susurros obscenos, y el placer fluía como un río desbordado.

En un frenesí de culeo desenfrenado, él la tomó por el cabello y la obligó a arquear la espalda, ofreciéndole su culo en bandeja de plata para ser penetrado sin piedad. Los jadeos se intensificaron, anunciando el inminente clímax que los consumiría a ambos.

‘¡Más fuerte, más profundo! ¡Dame todo tu semen en mi culo, cabrón!’, suplicó ella entre gemidos de éxtasis, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola imparable.

Con una última embestida brutal, él se dejó llevar por el frenesí del deseo y se dejó venir dentro de ella, llenándola con su venida caliente y espesa. Los cuerpos temblaban en una danza sin fin, entregados al placer más primitivo y visceral.

Así, en medio del parque silencioso y ajeno a sus perversiones, culminaron en un éxtasis compartido, saboreando el placer prohibido de la carne en bruto y el deseo desatado.