La cámara temblaba mientras grababa a la puta de mi tía. Su culote, embutido en un corto short de jean, se veía monumental. Cada movimiento de sus nalgas era capturado con detalle, provocando en mí una excitación indescriptible. El sudor perlaba su espalda, resaltando su bronceado. No pude resistir la tentación y me acerqué, con la verga palpitante, listo para lo que vendría.
‘¿Qué haces, cabrón?’, me dijo con una sonrisa pícara mientras retrocedía, mostrando sus tetas desbordándose del top ajustado. ‘¡Vas a ir al infierno por esto!’, exclamó entre risas, sabiendo que ambos ansiábamos lo mismo.
Agarré su culo con fuerza, sintiendo su carne caliente bajo mis manos. ‘¡Espera, espera!’, murmuró con voz entrecortada mientras le arrancaba el short, dejando al descubierto su concha húmeda y su culo ansioso por ser penetrado.
‘¡Cógeme, sobrino!’, gritó, arqueando la espalda para ofrecerse mejor. No pude resistirme y en un movimiento brusco la penetré, sintiendo cada centímetro de mi verga desaparecer en su interior.
Los gemidos resonaban en la habitación, mezclándose con el sonido de la piel chocando. ‘¡Sí, así, más fuerte!’, pedía entre jadeos, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. La imagen de su culo rebotando contra mi pelvis era hipnótica, excitante.
El sudor se entremezclaba con nuestros cuerpos, creando una capa de deseo y lujuria. ‘¡Más duro, más duro!’, imploraba, buscando la culeada más intensa que pudiera darle. Mis embestidas se volvían salvajes, descontroladas.
En un arrebato de pasión, cambiamos de posición. La puse en cuatro, con el culo en pompa, listo para ser poseído. ‘¡Dame verga, dame toda tu pija!’, suplicaba, ansiosa por sentirme dentro de ella una vez más.
El sexo anal fue inevitable. Con cuidado pero con firmeza, fui abriéndome paso en su estrecho agujero, sintiendo cómo me apretaba con fuerza. ‘¡Sí, así, métemela toda!’, gritaba, entre dolor y placer, sintiendo cada embestida más intensa que la anterior.
Los sonidos de la carne chocando, los gemidos ahogados y las palabras obscenas llenaban la habitación. ‘¡Qué puta eres, tía!’, le dije entre susurros, aumentando aún más la intensidad del momento.
El orgasmo no tardó en llegar. ‘¡Voy a venirme, voy a venírtela toda!’, anuncié, sintiendo cómo mi semen llenaba su interior, marcando nuestro encuentro con una explosión de placer y perversión.
Caí exhausto a su lado, con la respiración entrecortada y el cuerpo aún temblando por la intensidad del encuentro. Nos miramos, con complicidad y lujuria, sabiendo que aquello solo era el principio de algo mucho más sucio y perverso por venir.




