La mañana había empezado como cualquier otra en la casa de campo de la familia, la sobrina adolescente estaba de visita y el primo más cercano, un joven con las hormonas a mil, no podía dejar de pensar en ella. Ella, por su parte, había despertado cachonda, sintiendo una atracción inexplicable por el chico. La tensión era palpable en el aire, y bastó con un encuentro casual en el jardín para que se desatara la pasión prohibida.
‘¿Qué estás mirando, primito?’, provocó la colegiala con una sonrisa pícara, sabiendo el efecto que causaba en él con su uniforme ceñido y sus trenzas sueltas.
‘Nada que no haya visto ya…’ respondió el primo, con una mirada lujuriosa que no podía disimular.
La atracción entre ellos era innegable, y bastó con un gesto cómplice para que se dirigieran a la cabaña abandonada en el bosque, un lugar perfecto para saciar sus deseos más oscuros. Apenas cruzaron la puerta, como si se tratara de un reflejo animal, se abalanzaron el uno sobre el otro con una pasión desenfrenada.
La colegiala se dejó caer sobre el colchón raído, mientras el primo se quitaba rápidamente la camiseta, revelando un cuerpo atlético y sudoroso. Sin mediar palabra, se inclinó sobre ella y comenzó a besarla con voracidad, sus manos ávidas recorriendo cada centímetro de la piel de la joven.
‘Quiero sentir tu verga dentro de mí, primo…’ jadeó la colegiala, entre gemidos de placer, mientras el chico le arrancaba la falda escolar de un tirón, dejando al descubierto su ropa interior mojada por la excitación.
‘No sabes cuánto he esperado este momento, puta…’ gruñó el primo, acomodándose entre las piernas de la colegiala y desgarrando su braguita con un gesto brusco. Sin previo aviso, la penetró con fuerza, haciéndola jadear y arquear la espalda ante la embestida.
El ruido de los cuerpos chocando resonaba en la cabaña, mezclándose con los gemidos y susurros obscenos de los amantes clandestinos. La colegiala se aferraba a las sábanas con desesperación, clavando las uñas en la espalda del primo mientras él seguía culeándola sin piedad.
‘¡Más fuerte, primo! ¡Cógeme como la puta que soy!’ rogó la adolescente, su voz entrecortada por el placer abrumador que la embargaba.
El chico obedeció, incrementando el ritmo de las embestidas hasta que la colegiala llegó al orgasmo, gritando su nombre entre espasmos de placer. Sin darle respiro, el primo sacó su verga de la concha empapada de la joven y la guió hacia su boca, obligándola a saborear su propia humedad mientras él se preparaba para lo que vendría a continuación.
‘Es hora de probar algo más intenso, putita…’ murmuró el primo, vislumbrando el deseo en los ojos de la colegiala mientras le separaba las nalgas y acercaba la verga a su culo virgen.
Con paciencia y determinación, el chico fue introduciendo su pija en el culo apretado de la jovencita, quien gimoteaba de dolor y placer ante la invasión. Poco a poco, el dolor se convirtió en una ola de placer indescriptible, embriagando a ambos en una danza de lujuria desenfrenada.
‘¡Así, así, más adentro! ¡No pares, primo!’ suplicaba la colegiala, entregada por completo al placer del sexo anal, un territorio desconocido que exploraban juntos en la cabaña perdida en el bosque.
El primo no tardó en sentir la venida inminente, y con un gemido gutural se dejó llevar por la intensidad del momento, eyaculando con fuerza dentro del culo de la colegiala, llenándola de leche caliente y liberando toda la tensión acumulada en un éxtasis compartido.
Agotados y empapados en sudor, se abrazaron con ternura, sabiendo que lo que habían compartido en la cabaña quedaría como un secreto entre primos, un recuerdo imborrable de una pasión desenfrenada y prohibida.




