mamada en la biblioteca sin que se den cuenta sus compañeros

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La biblioteca de la universidad siempre fue un lugar tranquilo y sombrío, con estantes repletos de libros polvorientos y mesas antiguas de madera crujiente. Era justamente en ese ambiente académico que se gestaba el acto más lascivo y prohibido: una mamada sorpresa sin que los compañeros de estudios de ella se dieran cuenta. La tensión sexual entre ellos había alcanzado su punto máximo luego de semanas de coqueteos e insinuaciones atrevidas. Él, un chico de aspecto desalineado y jeans desgastados, la miraba con ansias desde hacía tiempo, mientras que ella, una joven de cabello largo y gafas de intelectual, fingía concentrarse en sus apuntes.

El calor sofocante del verano se colaba por las ventanas entreabiertas, mezclándose con el aroma a papel viejo y a tinta fresca. Los susurros de los estudiantes concentrados en sus lecturas creaban un murmullo constante que servía de fondo perfecto para lo que estaba por suceder. Él se acercó sigilosamente a su mesa, con la verga palpitando de deseo bajo sus jeans ajustados, listo para recibir una mamada que recordaría por siempre.

Con una mirada cómplice, ella se deslizó bajo la mesa, ocultando su rostro entre las piernas de él, que se mordía los labios para contener un gemido anticipado. La joven comenzó a desabrochar lentamente su bragueta, liberando la verga ansiosa que saltó hacia afuera con un movimiento brusco. La punta hinchada y brillante estaba lista para ser acariciada por la lengua traviesa de su compañera de estudios.

‘Oh, sí, así… mamármela bien rico, putita’, murmuró él entre dientes, empujando ligeramente la cabeza de ella hacia su entrepierna abultada. La sensación de humedad y calor que envolvió su pija lo hizo estremecer de placer, mientras que ella, con maestría y dedicación, comenzó a tomarla en su boca con movimientos suaves y sensuales.

El sabor salado de la piel de su miembro invadió el paladar de ella, que lo saboreaba con avidez, disfrutando cada centímetro de carne que se deslizaba por sus labios húmedos. Los gemidos contenidos de él se mezclaban con el murmullo constante de la biblioteca, creando una sinfonía erótica que solo ellos dos podían escuchar.

‘¡Sí, así, chupa esa pija como la puta que eres!’, gritó él en un momento de éxtasis, sin importarle lo cerca que estaban de ser descubiertos. Ella aceleró el ritmo de succión, llevando su cabeza arriba y abajo con destreza, haciendo que su lengua se deslizara por la vena pulsante que recorría su verga desde la base hasta la puntita.

El placer se apoderaba de ambos, envolviéndolos en una nube de lujuria y deseo incontrolable. Él, sintiendo la venida inminente, agarró con fuerza el borde de la mesa, conteniendo el impulso de arquear la espalda y gemir alto. Ella, sin detenerse en su tarea, siguió mamando con determinación, ansiosa por probar el dulce néctar que estaba por llegar.

‘¡Voy a acabar, putita, traga todo mi semen!’, exclamó él con voz entrecortada, dando rienda suelta al placer que lo embargaba. Con un último gemido de éxtasis, su pija explotó en la boca de ella, liberando chorros de semen caliente que ella recibió con gusto, tragando cada gota con ansias voraces.

El aroma del sexo y la lujuria impregnaba el aire, mezclándose con el olor a madera y a libros viejos. Con la respiración entrecortada y el corazón galopando en sus pechos, ambos se miraron con complicidad, sabiendo que aquella mamada en la biblioteca quedaría grabada en sus memorias para siempre, como un secreto compartido entre dos amantes clandestinos.